Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

viernes, 14 de agosto de 2009

ROMERO PARA SIEMPRE


Pbro. Ramón O. Lara Palma

Puede ser que no hayan sido palabras textuales de Monseñor pero la interpretación que hizo el periodista se materializa con milimétrica precisión cuanto más pasa el tiempo: “si me matan resucitaré en el pueblo”. Desde el día de su sepelio se pudieron leer pancartas con la frase “Romero vive”, o expresiones semejantes. Cada año, a veces con mayor pompa, a veces parcamente, se hace memoria de su persona, su vida, su misión. Romero, pues, vive en su pueblo. Su pueblo, sobre todo el pobre y sencillo, lo mantiene siempre vivo en su memoria y en su corazón. Análogamente, podemos decir, Romero resucitó en su pueblo. Claro que no se está igualando al evento único (ephapax) acontecido en Jesús de Nazareth, pues tal expresión sería una herejía. Sino que por analogía podemos decir que el hombre de Dios, Romero, tanto si vive eternamente para Dios, vive también plenamente en su pueblo. Por resurrección se entendería el tener la vida plena, el haber alcanzado la vida sin límites. Por eso, los que creyeron asesinarlo el 24 de marzo de 1980 se equivocaron, pues le estaban dando la vida sin límites. El verdadero nacimiento de Romero fue ese lunes 24 de marzo a las 6:25 de la tarde.

Sin embargo, puesto que somos seres históricos nos gusta hacer memoria del momento de nuestro ingreso a la historia. Por eso el 15 de agosto viene a ser una fecha especial para los que hemos crecido bajo la imponente sombre de este hombre de Dios. Romero tendría a esta fecha 92 años. Muy posiblemente, si el curso de la historia hubiera sido otra, él estaría aún con vida. Pero, ¡ah juegos de la vida!, si Romero estuviera vivo estaría más bien históricamente muerto. Con qué precisión se cumple las palabras del Maestro: “Si el grano de trigo no muere, no da fruto…porque el que cuida su vida la perderá, pero quien la pierde por causa del Reino la ganará”. Pero es importante celebrar el natalicio, el nuestro y el de los otros, pues nos permite recordar que en un momento dado nos convertimos en compañeros de camino, peregrinos de la historia, y con la posibilidad de intervenir en esta historia. María López Vigil recoge en su libro “Piezas para un retrato” una expresión que la adjudica a Monseñor: “no podemos pasar por la historia sin dejar una huella”. Sí, celebrar el cumpleaños, el nuestro y el de los otros, es recordar que estamos en la historia y que podemos hacer muchas cosas con ella: cambiarla, corregirla, mejorarla, purificarla, como también, perderla, arruinarla, etc. Por supuesto que estamos invitados a dejar una huella positiva en la historia. Monseñor tuvo conciencia de su papel histórico y por eso la cambió: no hay duda que dejó una profunda huella en nuestra historia.

Los migueleños, y más ampliamente los orientales, debemos siempre resaltar el natalicio de Romero. Por varias razones. Pero sobre todo, porque la irrupción en la historia Romero la hizo en nuestras tierras: él es un oriental. Todo el oriente de El Salvador fue marcado por este pastor. Fue párroco de Anamorós, La Unión; morazán le vio crecer cubriéndolo con las sombras del Cacahuatique. San Miguel lo recibió como seminarista y como Padre Romero, Usulután lo tuvo como obispo por algunos años. La historia de los pueblos orientales de El Salvador está ligada con la historia de Romero. Las primeras huellas que fue marcando en la historia Romero las hizo en oriente. Romero es nuestro, podemos decir los orientales. Ahí nació, ahí se formó, ahí maduró. En la capital estuvo muy poco tiempo. Sí, estamos de acuerdo, que fue el tiempo más intenso de su horadar la historia. Pero el Arzobispo Romero no puede separarse del Padre Romero de San Miguel. Es uno y el mismo, sólo que oriente fue su cuna y su escuela, y la capital su última lección.

Como sea, Romero es de El Salvador, o mejor, es de todos y de nadie. Más aún, Romero ni siquiera es de El Salvador, pues él es universal. Sólo estando fuera de nuestro terruño es posible percibir el alcance de Romero. Lo sienten suyos los africanos, los de la India, los chinos, los nórdicos, ingleses y germanos. Para un salvadoreño en tierras del viejo mundo es más fácil presentarse como compatriota de Romero que como sólo “salvadoreño”. Tal es la experiencia de quien escribe estos párrafos. Cuando se me pregunta sobre mi nacionalidad respondo con mi gentilicio, pero el tal deja al interlocutor con poca claridad. El Salvador es un país muy pequeño y en este viejo mundo pocos lo conocen. Sin embargo, cuando agrego la expresión “sí, soy salvadoreño, tierra de Romero”, escucho con emoción que el interlocutor ya conoce algo de mi origen: “ah, Mons. Romero?”, me replican. Sí, El Salvador, en el viejo mundo se ha convertido en la “tierra de Monseñor Romero”. El papel se cambió: no es que Romero sea de El Salvador, es El Salvador que es de Romero. La familiaridad con que gente de distintas razas hablan de Romero es impresionante. El es ya una figura universal. Una gran cantidad de libros y sesudos estudios sobre Romero los están escribiendo africanos e indios, chinos y europeos. Efectivamente Romero resucitó en el pueblo, no solo salvadoreño, sino en aquellos pueblos que se dejan inspirar por el amor con que él se entregó por la causa de los indefensos, por la justicia de los marginados, por el bien del más pobre. Ahí está Romero, vivo y activo, inspirando nuevas vías de cómo vivir un cristianismo más comprometido y más evangélico. Romero sigue horadando la historia.

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