Pbro. Ramón O. Lara Palma
No se pretende con esta reflexión sintetizar o analizar exhaustivamente la tercera encíclica del Papa Benedicto XVI. Se intenta sólo retomar una de las ideas base que este documento ofrece para comprender la postura de la Iglesia en torno a la situación socio-económica del momento presente. No por casualidad el Papa eligió escribir su tercera encíclica con carácter moral, o más precisamente, en el marco de la doctrina social de la Iglesia. Es que la situación actual, caracterizada por una profunda crisis en el sistema económico imperante (capitalismo), requiere una luz clara para poder encontrar el camino por donde se pueda salir sin ocasionar más víctimas; además, para que las soluciones que se escojan tengan verdadera solidez y “sostenibilidad” a futuro. Esta idea base que ofrece el Papa en la encíclica invita a sanar de raíz una de las tantas debilidades que este sistema socio-económico tiene: el egoísmo. Cierto que el Papa no ofrece soluciones técnicas, pues no es su función, sino lineamientos indicativos de carácter ético-moral, que por lo demás tanta falta le hace al mundo económico, político y social del presente.
No hay duda que el Papa está apelando a las dos facultades propias del ser humano: la razón y la voluntad. Siguiendo con la misma línea de pensamiento que desde sus tiempos de profesor ya proponía, el Papa insiste en el papel importante que juega la razón en todo el humano existir. Pero no es una razón solitaria, ya que, y con esto el Papa se coloca en la línea de la Fides et Ratio, la razón no puede alcanzar la verdad sin la fe. El hombre tiende a la verdad y la busca. La verdad se alcanza sólo con esas dos alas: fe y razón. A eso es a lo que el Papa llama “la nueva racionalidad”.
Atender esa racionalidad fue a lo que invitó en el famoso discurso de la Universidad de Ratisbona (12 septiembre 2006), cuando invitó a encontrar un camino de diálogo con las otras religiones, especialmente con el Islam. Esa racionalidad es la que quería proponer en el discurso no dictado en la gran Universidad de Roma (16 enero 2008), cuando intentó presentar un puente de encuentro con el mundo de las ciencias positivas. El Papa insiste en que la verdad hay que buscarla. Y la razón tiene un gran papel que jugar. Toda ciencia debe colaborar en la búsqueda de la verdad. Por eso, las distintas ciencias tienen su campo de acción libre para su investigación, pero toda investigación, de cualquier ciencia que sea, no puede divorciarse de los contenidos de fe y su aporte en la consecución de la verdad, porque sólo con la fe es que la razón alcanza la verdad plena.
Pero junto a la “nueva racionalidad” que el Papa invita a practicar, en esta encíclica también hace un apelo a la voluntad humana. Y según el Papa, la voluntad humana tiene una fuente direccional, un eje que le brinda rumbo por donde dirigirse certeramente, y esta es la caridad. La caridad debe guiar todo el “querer” humano. Ya que, siguiendo el pensamiento medieval, la voluntad siempre tiende al bien, al amor, y cuando lo persigue o cuando lo encuentra, es entonces cuando tal voluntad encuentra su perfección. Ahí entra la originalidad de la encíclica, al conjugar la razón con la voluntad del hombre, cuando invita a alcanzar la verdad mediante la razón y a perseguir el bien-caridad a través de la voluntad. Y las tales, razón y voluntad, no pueden separarse, por lo que no puede separarse también la verdad de la caridad. Por eso es que el Papa afirma la “Caritas in Veritate”. Si la caridad es separada de la verdad, o mejor dicho de la racionalidad, se degenera, pierde su identidad, se convierte en voluntarismo desordenado, pierde consistencia. Así mismo, si la verdad es separada de la caridad pierde humanidad, se esteriliza, se vuelve cálculo frio, dato o información intrascendente para el ser humano. El Papa, por tanto, insiste en una inseparable “Caritas in Veritate”.
Si esta es la idea básica con la cual el Papa intenta dialogar con la realidad socio-económica actual, podemos comprender que el Romano Pontífice apunta directamente contra el principio básico desde el cual se mueve el capitalismo contemporáneo. El documento señala repetidas veces que no debe ser sólo el egoísta afán de lucro o la acumulación de riquezas (capital) lo que debe guiar “la razón económica” mundial. No debe ser el principio del “bien privado” el que debe regir la economía, sino el principio del “bien común”. Por supuesto que el documento no se opone a la libre empresa, a la mentalidad emprendedora, que es fundamental en el capitalismo actual. Sugiere, más bien, saber dirigir la creatividad emprendedora bajo el “principio de gratuidad” o principio de solidaridad, los que a su vez resultan ser el rostro activo de la caridad.
La encíclica reclama una visión humana del mercado, pues este no es sólo un frio intercambio de bienes al margen del ser humano, ya que un principal actor del mercado es el trabajo del hombre. Ciertamente “el mercado está sujeto a los principios de la llamada ‘justicia conmutativa’, que regula en efecto las relaciones del dar y recibir entre sujetos iguales. Pero la doctrina social de la Iglesia no ha dejado nunca de poner en evidencia la importancia de la justicia distributiva y de la justicia social para la misma economía de mercado, no sólo porque está insertada en el tejido de un contexto social y político más amplio, sino también por la trama de relaciones en las cuales se realiza” (35).
La razón económica, o el mercado, debe estar al servicio del hombre, no el hombre esclavo o como simple pieza del mercado. Como queriendo decirlo en alta voz el Papa afirma: «Quisiera recordar a todos, en especial a los gobernantes que se ocupan en dar un aspecto renovado al orden económico y social del mundo, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad: “Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social”» (25). Las relaciones económicas son también relaciones humanas; por tanto, el mercado no puede abstraerse del componente humano (Cfr., n. 45). Su racionalidad no debe reducirse a meros cálculos de ganancia y expansión.
Conceptos tales como “mercado solidario”, “racionalidad económica humanizante”, “bien común”, “principio de gratuidad”, entre otros, es lo que la encíclica propone continuamente. Es que “la actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales mediante la simple extensión de la lógica mercantil. Esta va finalizada a la persecución del bien común, del cual debe hacerse cargo también y sobre todo la comunidad política” (36). En otras palabras, según este documento, el mercado no lo es todo, como muchos sí lo piensan. El mercado es producto del ser humano. El hombre lo ha creado, lo desarrolla, pero también lo debe canalizar. Entra aquí, según el Papa, el trabajo de la política.
El mercado, sobre todo el liberalizado y globalizado como el actual, no es una “matrix” que manipula al hombre. El mercado, como la globalización económica, afirma el papa, no es malo ni bueno en sí, será sólo aquello que el hombre quiera que sea. Como producto humano adquirirá maldad o bondad de acuerdo a las decisiones del mismo hombre. Precisamente aquí es donde entra el aspecto de la nueva racionalidad propuesta por el Papa. El hombre, con su inteligencia y su creatividad, podrá hacer de la economía y del mercado, y de todo el proceso globalizador, una herramienta eficaz para un verdadero y genuino desarrollo humano.
Podemos decir que la encíclica propone al menos dos cosas fundamentales sobre cómo administrar la crisis que actualmente está pasando la economía mundial: que sea el hombre el sujeto de la economía y que todo el engranaje económico sea permeado por los más elevados valores éticos. Es que “la convicción de la exigencia de la economía, según la cual esta no debe aceptar influencias de carácter moral, ha empujado al hombre a abusar del instrumento económico en modo hasta autodestructivo” (34). Por lo que es fácil concluir que “la esfera económica no es ni éticamente neutral ni por naturaleza deshumana o antisocial. Ella pertenece —insiste el Papa— a la actividad del hombre y, propio porque es humana, debe ser estructurada e institucionalizada éticamente” (36). En otras palabras, el Papa invita a repensar y a reorientar la economía desde el fundamento de la “veritas”, o sea desde la racionalidad humana, y desde la “caritas”, o sea la voluntad humana que es guida por el amor.
Algunos de los llamados “tanques de pensamiento” están proponiendo líneas concretas sobre las cuales construir la nueva economía. Mucho se habla de la “responsabilidad social empresarial”, de “business ethics”, de la “economía solidaria”, de la “racionalidad económica” o del “desarrollo sostenible”. Pero debemos guardar la firme esperanza de que los mercados de capitales, con su economía bursátil, puedan reorientar su accionar bajo principios de una ética mundial. El Papa insiste en que el mero hecho de “invertir tiene un fuerte componente moral y ético”. Si los mercados financieros, quienes son los principales culpables de la crisis económica actual, fueran más racionales y éticamente responsables, sin duda alguna que muchos de los males que tanto aquejan a la humanidad (como el paro laboral, la pobreza, el hambre, o en una palabra, el subdesarrollo) podrían ser superados con mayor celeridad y eficacia.
Pero no cualquier ética, sino la “que se funda en la creación del hombre ‘a imagen de Dios’ (Gn 1,27), algo que comporta la inviolable dignidad de la persona humana, así como el valor trascendente de las normas morales naturales. Una ética económica que prescinda de estos dos pilares correría el peligro de perder inevitablemente su propio significado y prestarse así a ser instrumentalizada; más concretamente, correría el riesgo de amoldarse a los sistemas económico-financieros existentes, en vez de corregir sus disfunciones” (45). Por eso, insiste el Papa, “conviene esforzarse —la observación aquí es esencial— no sólo para que surjan sectores o segmentos «éticos» de la economía o de las finanzas, sino para que toda la economía y las finanzas sean éticas y lo sean no por una etiqueta externa, sino por el respeto de exigencias intrínsecas de su propia naturaleza. A este respecto, la doctrina social de la Iglesia habla con claridad, recordando que la economía, en todas sus ramas, es un sector de la actividad humana”. Con esta afirmación deja claro que la economía y las finanzas tienen una “naturaleza ética intrínseca”. Esta es, sin duda, la “nueva racionalidad económica” a la que apela el Papa.
Sin lugar a dudas esta encíclica formará parte importante del bagaje doctrinal con el cual la Iglesia se pone al día frente a los ingentes problemas que aquejan a la humanidad. “Caritas in Veritate” prosigue el nuevo enfoque que la doctrina social de la Iglesia ha tomado a partir de la Populorum Progressio (1967). Las nuevas realidades y nuevos contextos exigen ese nuevo rumbo. El Papa señala que pionero en abrir ese nuevo horizonte reflexivo lo ha sido el Papa Pablo VI y su encíclica, a la cual “Caritas in Veritate” busca hacer homenaje en el cuadragésimo aniversario. Si el Papa Leon XIII, con la Rerum Novarum (1891), fue el pionero en cuanto a tomar en serio la cuestión social y sus distintos avatares, la Populorum Progressio abrió un nuevo sendero de reflexión y toma de postura ante el nuevo horizonte que significaba un mundo globalizado.
Hoy, en pleno proceso de globalización, “Caritas in Veritate” viene a ofrecer nuevas luces y a invitar a dar un paso más en alto para ver mejor las “nuevas realidades” ahora globalizadas. Claro que esta encíclica, como todas las encíclicas sociales, no quiere ser solo una teoría, un bonito discurso moral. La doctrina social de la Iglesia es luz no solo para poder ver mejor el mundo que nos rodea, sino que con esa luz y esa mejor visión sea posible trasformar este mundo. No hay que olvidar que todos los contenidos de la Doctrina Social de la Iglesia ofrecen, sí, principios de reflexión, criterios de juicio, pero sobre todo directrices de acción.
Es que ya es tiempo de convencerse de que la “mano invisible del mercado” o “el rebalse del vaso de la riqueza” no son más que una ilusión o una verdadera falacia. Sin embargo, para lograr esa nueva racionalidad de la economía es necesaria una sana y comprometida función política. La política, fundamentada también sobre una sólida base de principios éticos, permitirá a la economía conseguir el anhelado bien común. No hay que oponer, ni separar, dice el Papa, la política de la economía, sino que ambas juegan un papel complementario indispensable para conseguir la justicia social. Quedaría pendiente un análisis más detallado sobre la visión política que ofrece esta encíclica y retomar los temas de vital importancia como la relación entre ecología y técnica, hombre y ciencia, entre otros. Pero lo que sí es claro en la encíclica es que el Papa invita a la “Caridad en la Verdad” de la economía y de la política, porque es lo que el mundo hoy más que nunca necesita.
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