
LA ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL DIOCESANA DE ROMERO (Parte 2)
PorPbro. Ramón O. Lara Palma
La espiritualidad sacerdotal diocesana es la fuente genuina y abundante que sacia y nutre la vida espiritual de cualquier ministro ordenado. En la primera parte dejamos por sentada la convicción de que la espiritualidad sacerdotal nace de la diocesanidad de la vida ministerial. Tal diocesanidad se manifiesta en la fraternidad sacerdotal, la caridad pastoral, la vida sacramental y el discipulado. Veamos cada aspecto con mayor detenimiento.
Fraternidad sacerdotal…o la espiritualidad de la comunión
La experiencia de la fraternidad sacerdotal es el quicio de la diocesanidad del ministerio sacerdotal. No sólo es una experiencia humana sino una verdadera experiencia de gracia. Por eso la Presbyterorum Ordinis habla de una “fraternidad sacramental” (PO, 8). Esa experiencia fraterna entre los ministros nace precisamente del vínculo sacramental que une entre sí a los ordenados. Quien representa y posibilita ese vínculo de comunión es el obispo, con quien los presbíteros comparten la misión de ser pastores para las comunidades parroquiales a ellos confiados o en las otras instancias eclesiales en las que pueden ejercer su misión sacerdotal.
Puesto que el grado de los presbíteros existe teológicamente sólo ligado a la misión del obispo, también debe haber entre ellos y el pastor supremo de la diócesis un ligamen vivencial y afectivo estrecho y profundo. De lo contrario habrá una especie de ruptura esquizofrénica en la vivencia del ministerio. Si no hay unión con el obispo difícilmente habrá unión con el resto del presbiterio y tampoco la habrá con el pueblo. El ministro que comienza a aislarse de su obispo y de sus hermanos sacerdotes está demostrando un serio problema humano y espiritual. La fraternidad sacerdotal es cuestión de vida o muerte en el ministerio ordenado. Quien se aísla muere vocacionalmente. La comunión da vida.
Precisamente dar fisonomía de comunión con el clero y con el pueblo fue algo que hizo a lo grande Monseñor Romero durante su ministerio episcopal en la arquidiócesis. Se dice que fue en tiempos de Monseñor Romero que el clero arquidiocesano estuvo más unido y compacto en torno a su obispo como nunca antes (con las normales excepciones obviamente). Por no hablar de la sintonía casi perfecta que mantenía Monseñor con el pueblo. El pueblo lo buscaba como los galileos buscan a Jesús, porque de él salían palabras de esperanza, porque tenía “un modo nuevo de hablar” (Lc 4,36), el modo de hablar de un corazón sacerdotal, lleno de amor y compasión para con el pueblo. Monseñor vivió y cultivó esa dimensión de la espiritualidad sacerdotal, que es también espiritualidad de la comunión.
Caridad pastoral… o la espiritualidad del martirio
La caridad pastoral constituye el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples actividades del sacerdote. Ella reduce a unidad la oración y la acción, la vida interior y la vida práctica. Todo bajo un justo equilibrio. Sólo mediante la vivencia de una genuina caridad pastoral, que no es otra cosa que la encarnación del corazón de Cristo buen pastor, es que es posible llevar el ministerio hasta las últimas consecuencias: dar la vida por las ovejas, o sea el martirio. Por eso la caridad pastoral tiene una conexión directa con la espiritualidad del martirio. Y no necesariamente el martirio cruento, sino sobre todo el incruento, aquel morir poco a poco en el ejercicio fiel del ministerio en el cotidiano vivir.
En otras palabras, la dimensión martirial de la espiritualidad se caracteriza por ser una espiritualidad basada en el martirio de lo cotidiano, es decir, en la experiencia concreta de cada día y sus pequeños momentos de muerte y sacrificios con que se construye el cotidiano. Por eso la espiritualidad martirial implica: una vida profética (ser profeta y hacer profecía), una vida testimonial (testigo del ser: coherencia de vida, de fe, de convicciones) y una vida de esperanza (ser ministro de la esperanza: donde hay muerte se siembra vida, donde hay oscuridad se enciende la luz, donde hay desesperación se ofrece la fuerza de la esperanza) todo vivido en lo cotidiano.
Sobra decir que Monseñor Romero vivió al máximo esta dimensión de la espiritualidad sacerdotal. Su caridad pastoral lo llevó al grado máximo de esa caridad: el martirio. Primero con el martirio incruento de la incomprensión, del rechazo, la crítica, etc.; y luego con el martirio cruento, derramando su sangre y muriendo precisamente en el momento de la celebración del sacrificio por antonomasia: el sacrificio de Cristo. Es evidente que uno de los motores que movían toda la vida espiritual de Romero era ese amor por los últimos, por los marginados y siempre golpeados. Su corazón de pastor lo llevaba a ellos y con ellos sentía que el ser pastor era una misión fácil de realizar (“con este pueblo no cuesta ser pastor”, afirmaba). Por eso tenía siempre una palabra nueva, espontánea, fresca. Cuenta Monseñor Ricardo Urioste (un estrecho colaborador de Romero) que aunque Monseñor celebrase cuatro o cinco misas el mismo día, sus homilías eran todas distintas, siempre elocuentes, siempre claras: hablaba al corazón, pues eran palabras que salían de su corazón sacerdotal.
Vivir los sacramentos…o la espiritualidad sacramental
Además de la dimensión comunional y martirial, la espiritualidad sacerdotal diocesana se fundamenta en la experiencia de una intensa vida sacramental. El sacerdote vive del y para el culto, pero no es un funcionario del culto sino un “leitourgos” en el sentido etimológico de la palabra: un servidor que se une a la asamblea para rendir un culto participativo, pleno, consciente y activo. Como “leitourgos” tiene la misión de pontificar la bendición de Dios hacia el pueblo y de presentar el culto de alabanza que el pueblo devuelve a Dios en una dinámica de profunda gratitud y adoración.
En esa “munere” cultual el ministro ejerce por antonomasia su identidad sacerdotal. Cuando preside la asamblea en una acción litúrgica es cuando más identificado vive con Cristo sumo, eterno y único sacerdote. Por tanto, la celebración de cada uno de los siete signos sacramentales ofrece al presbítero la gran posibilidad de ser canal del torrente de gracia con que Dios inunda a su pueblo. En tal función el ministro no puede permanecer como una piedra sumergida en el río, inundada de agua pero sin que la frescura y la humedad penetren en su interior. Celebrando los sacramentos el ministro, como esponja sedienta, ha de empaparse de esa gracia con la que Dios inunda la vida del pueblo. El ministro, presidiendo y viviendo los sacramentos, es el primero en ser colmado de la gracia sacramental. Además, la experiencia de interioridad, de oración profunda y continua, entra en el campo de la “munere liturgicae”. En ese sentido es que hablamos de espiritualidad sacramental.
Igualmente sobraría decir que Monseñor Romero fue un verdadero liturgo (servidor del culto). Él celebraba la liturgia y se dejaba inundar por la gracia que abunda en cada momento celebrativo. No era funcionario del culto sino un verdadero instrumento de la gracia que Dios utilizaba para bendecir al pueblo. Con razón se puede decir que “Dios pasó por El Salvador en la persona de Monseñor” (Jon Sobrino). Basta recordar cómo eran las eucaristías dominicales de catedral de San Salvador para captar el grado de participación plena, consciente y activa con que participaba el pueblo. Además, Monseñor vivía personalmente una intensa vida sacramental y una proficua vida de oración. Los anales históricos testimonian que la mañana del 24 de marzo, día de su asesinato, lo primero que hizo Monseñor fue buscar a su confesor. No hay duda que Romero es modelo de la espiritualidad sacramental.
Discipulado…o la espiritualidad de la secuela
Por último, en esta identificación de los elementos que configuran la espiritualidad del sacerdote desde la diocesanidad, encontramos la dimensión discipular, o la “espiritualidad de la secuela”. Como bien sabemos, el episcopado latinoamericano reunido en la quinta conferencia, en Aparecida Brasil, propone el diseño de una vida cristiana en términos de discipulado. Cuando hablan del ministerio de los presbíteros lo hacen bajo el titulo: “Presbíteros, discípulos misioneros de Jesús Buen Pastor”. El gran giro eclesiológico que propició el Concilio Vaticano II dando prioridad a la condición de ser miembros del único “Pueblo de Dios”, que comparten la misma dignidad de ser bautizados, Aparecida lo complementa con la constatación de que todos somos fundamentalmente discípulos.
Por tanto, la condición de permanecer en un constante e intenso discipulado no sólo confirma la dimensión comunional de la espiritualidad, sino también resalta la dimensión fraterna y de radical igualdad que impera en la experiencia cristiana. Primero viene el hecho de ser pueblo de Dios, comunidad de discípulos, para luego pasar a la distinción de servicios y funciones. Además, esa dimensión discipular permite enganchar el aspecto permanente de la formación en la vida ministerial: siempre estamos a los pies del maestro, en actitud de escucha y disposición de secuela. En tal sentido, la formación permanente viene a ser parte de la vida espiritual del presbítero diocesano. Cuanto más intensa, integral, progresiva, metódica y dinámica sea la experiencia de la formación permanente, más intensa y profunda será la experiencia espiritual.
En este aspecto también Monseñor Romero resulta ser un verdadero modelo. Cuando afirmó que se “gloriaba de estar en medio de su pueblo y sentir el cariño de toda esa gente que mira en la Iglesia, a través de su obispo, la esperanza” (Hom. 25 septiembre 1977) no estaba sino afirmando lo que san Agustín en su momento decía a los fieles de Hipona: “para ustedes soy obispo pero con ustedes soy cristiano”. Por eso estaba claro que “el pueblo era su profeta” y que le enseñaban una verdad cierta, infalible en cuanto al creer, porque el pueblo posee el sensus fidei (Cf. Hom. 2 julio 1978). Además, con profundo espíritu colegial guió su arquidiócesis rodeándose de múltiples colaboradores. Eso manifestaba su profundo sentido de discipulado, pues siempre estaba en actitud de escucha como el discípulo a los pies del maestro. Por último, en esta dimensión discipular de la espiritualidad, Monseñor también mostró claras evidencias de seguir un continuo proceso de formación permanente. La reunión en la playa la mañana del 24 de marzo no era sino un momento fraterno, de compartir, de crecer con otros que comparten la misma secuela de Cristo. Romero encarnó, pues, un profundo espíritu de discípulo, o bien, una profunda espiritualidad del discipulado.
Estos cuatro ejes son elementos que dan fisonomía a la espiritualidad sacerdotal. Son indudablemente ejes de la espiritualidad sacerdotal diocesana. Es que por ser elementos distintivos de la espiritualidad sacerdotal no pueden sino ser elementos propios y característicos de la experiencia espiritual del presbítero diocesano, pues como hemos insinuado arriba, teológicamente la “espiritualidad sacerdotal” pertenece de suyo a la vida diocesana.
Insistimos, por tanto, que el clero diocesano no necesita remedar la espiritualidad de un carismático fundador que ha creado una escuela de espiritualidad (como la benedictina, la franciscana, la dominica, la jesuita, la salesiana, etc.) pues ellos ya tienen su auténtica espiritualidad. Claro que conocer otras escuelas de espiritualidad y beber de lo mejor de su néctar espiritual no hace mal a nadie. Lo que no se puede permitir es que los ministros diocesanos se sientan huérfanos de espiritualidad propia. Lo que necesitan es más bien vivenciarla, cultivarla y comunicarla. Monseñor Romero definitivamente es maestro de esta espiritualidad y no sólo un líder político como trasnochadamente un honorable diputado de la asamblea legislativa hace poco afirmó. Ojalá conociésemos más de Monseñor y honráramos su memoria imitándolo.
Romero de los pobres…Ora pro nobis.
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