
DIEZ AÑOS DE UNA MISIÓN EPISCOPAL (1/2)
Pbro. Ramón O. Lara Palma
Al acercarse la fecha en que nuestro padre y obispo cumplirá diez años de realizar su misión entre nosotros, la Iglesia particular que peregrina en el oriente del país, me atrevo a escribir estas breves notas sobre algunas líneas generales que han caracterizado dicho episcopado durante estos años. No cabe duda que el trabajo pastoral ha sido intenso, rico y fructífero, no sin contar con baches, dispersiones y hasta verdaderos traumas. Repito, mi análisis quiere sólo resaltar algunos aspectos en los que este período episcopal se ha caracterizado. Quizás no todos compartirán mi opinión y mi selección; otros podrán hacer sus propios análisis y sus propias conclusiones.
Los laicos en el Plan Pastoral Diocesano (2008-2013)
Con la dimisión de Mons. José Eduardo Álvarez, a mediados de los años noventas, la diócesis pasó un lapso de tiempo con cierta inestabilidad en cuanto a la presencia del ordinario propio. Mons. Romeo Tovar Astorga (1997-1999) asume momentáneamente las riendas de la diócesis pero luego es trasladado hacia otra diócesis, dejando otra vez acéfala tal sede eclesiástica. Hasta que es ordenado obispo Mons. Miguel Ángel Morán, el 2 de septiembre del año 2000. La diócesis reemprende así un nuevo período.
El nuevo obispo desde los inicios dejó entrever una personal manera de pastorear su grey. Por lo que la cercanía con los distintos grupos eclesiales y todas aquellas realidades diocesanas donde los laicos tienen una notable presencia son prioridades de este pastor. Después de un tiempo de conocimiento de toda la vida diocesana, comenzó a tender las líneas para la elaboración de un Plan Pastoral con vistas a organizar, dinamizar y proyectar todo el quehacer pastoral de la diócesis. Con mucha fatiga y no sin momentos de desconciertos se fue definiendo el proyecto pastoral, que tiene como objetivo principal coordinar los diferentes esfuerzos parroquiales, bajo la luz del triple ministerio de Cristo, para encaminarlos hacia una pastoral de conjunto que a su vez fortalezca la vida diocesana. El ideal final es hacer presente con mayor evidencia el reinado de Dios en esta iglesia particular.
El diseño del plan, redactado y editado, tiene dos partes fundamentales: una parte histórica-doctrinal y la otra propiamente operativa. A grandes rasgos se puede vislumbrar los ejes metodológicos asumidos por el episcopado latinoamericano (ver-juzgar-actuar). A la parte histórica-doctrinal corresponderían los ejes «ver-juzgar» y la parte propiamente operativa el eje del «actuar». En la parte histórico-doctrinal abundan las referencias al Concilio Vaticano II y a su eclesiología del misterio, comunión y misión. Por lo que no es de extrañar que se abran sin tapujos todos los espacios posibles para la participación activa de los fieles laicos en el dinamismo diocesano. Se puede decir que el plan está pensado con el propósito de involucrar a todos los bautizados a cumplir la misión que les corresponde en el campo al que el Señor les ha llamado. Baste mencionar lo que define por parroquia: «el principal lugar institucional de edificación eclesial donde se realiza la vida cristiana y, por lo mismo, la principal estructura eclesial responsable de la Evangelización. En ella encuentran los cristianos a la Iglesia como Pueblo de Dios y los agentes de pastoral ejercen en ella su ministerio» (pag. 42).
Además, todos los objetivos específicos y las líneas operativas que componen la parte práctica del plan, contienen elementos concretos en los que la figura de los laicos adquiere especial relevancia. Vale destacar solo algunas referencias: despertar en todos la vocación profética que es propia de cada bautizado (pag. 65), priorizar los ministerios laicos para que ejerzan su función sacerdotal (pag. 67, 70), insertar a los laicos en las estructuras parroquiales y diocesanas (consejos pastoral y económico), así como todas las aéreas de trabajo de la pastoral social para empeñarlos en su función real (pag. 75). Llama poderosamente la atención el hecho de que el plan sugiere la participación pasiva y activa en el campo de la formación cristiana. Es participación pasiva porque el plan expresa enfáticamente la necesidad de posibilitar una formación integral y permanente a todos los laicos. Es más, al final del plan se especifican las prioridades a tomar en cuenta en el presente quinquenio, y la primera prioridad es esa formación. Es activa porque el plan también sugiere «asignar a equipo de laicos evangelizados para que den seguimiento a los programas pastorales, sean diocesanos, vicariales o parroquiales» (pag. 68). En tal sentido, la munus docendis, propia de los ministros, es tranquilamente cedida también a los fieles laicos. No cabe duda que resuena aquí el número 12 de la Lumen Gentium: el sensus fidei y el sensus fidelium.
En fin, es posible afirmar que este plan pastoral apunta a una real, fructífera y activa participación de los fieles laicos en toda la vida diocesana. El gran desafío que todavía queda es despertar en todos ellos la pasión por ejercer aquello que les es propio como miembros del pueblo de Dios, como corresponsables en esa Iglesia misterio, comunión y misión. Además, no todos los ministros ordenados han asimilado con precisión lo que les es propio a ellos y lo que les corresponde por derecho a los fieles laicos. Por eso es que la presencia y misión de los laicos en la diócesis de San Miguel todavía debe ser vista en perspectiva, ya que no es todavía una realidad una activa y fructuosa participación de ellos.
Nuevas perspectivas
Con la elaboración y ejecución del plan pastoral, la diócesis busca dar el paso hacia un laicado consciente de su dignidad y su misión. Pasar de un laicado pasivo a un activo; de un laicado sin fisonomía ni identidad a uno con identidad, participe y corresponsable con la misión de la Iglesia que localmente peregrina en la diócesis migueleña.
Además, con ese proyecto pastoral la diócesis ha priorizado la formación de los laicos con el fin de pasar de un laicado desinformado a uno mejor informado y progresivamente bien formado. El ideal de un laicado consciente, partícipe y corresponsable pasa por el proceso de una formación profunda y amplia. No se trata sólo de formar ciertos «colaboradores de los presbíteros» sino de abrirles el espacio que les es proprio en la vida diocesana.
Asumiendo esa clara conciencia de la propia dignidad y misión, superando el rol de sentirse sólo colaboradores y servidores de los ministros, los laicos han de asumir con profundo espíritu de corresponsabilidad su propia misión. Pero además, el presbiterio de la diócesis debe también reacomodar su pre-concepto del laico como «colaborador del ministro» a la clara identidad del laico como «corresponsable» con la misión que le es propia al ministro.
También, la diócesis apunta a una plena conjunción de fuerzas para posibilitar que la viña del Señor, que en este caso es la misma diócesis, pueda fructificar con frutos de vida nueva. Para ello todos los miembros del pueblo de Dios, ministros y fieles cristianos laicos, en profunda comunión y corresponsable misión, deben convertirse en celosos y apasionados servidores de esa viña. Los esfuerzos por responder a los diferentes desafíos que la realidad diocesana contiene no han de disiparse, como tampoco ningún desafío ha de soslayarse.
Como el objetivo general del plan lo sugiere, todo el esfuerzo pastoral, que en plena comunión y participación han de realizar los fieles laicos junto con los ministros, ha de apuntar decididamente a la vivencia concreta del Reinado de Dios, en el que los valores de la justicia, la verdad y la paz serán una realidad. Donde la compasión y la solidaridad serán expresión espontánea de una vivencia cristiana profunda y gozosa. En tal sentido, la vida del Espíritu de Cristo será palpable y madura. La espiritualidad de los laicos, como la de los ministros, encontrará su centro en la vivencia plena de la propia vocación, que a su vez será manifestada mediante una fe madura, una esperanza gozosa y una caridad activa.
Obviamente todo esto es todavía un ideal, pues la realidad dista mucho de ser reflejo de tales perspectivas. Por eso la vigencia del llamado de Jesús, «¿Por qué estáis aquí ociosos todo el día?», tiene una actualidad evidente en la diócesis. El trabajo por realizar es ingente. Los primeros pasos ya se están dando, y sobre todo, con la presencia del actual padre y obispo, las perspectivas se hacen más prometedoras.
Continúa…
Los laicos en el Plan Pastoral Diocesano (2008-2013)
Con la dimisión de Mons. José Eduardo Álvarez, a mediados de los años noventas, la diócesis pasó un lapso de tiempo con cierta inestabilidad en cuanto a la presencia del ordinario propio. Mons. Romeo Tovar Astorga (1997-1999) asume momentáneamente las riendas de la diócesis pero luego es trasladado hacia otra diócesis, dejando otra vez acéfala tal sede eclesiástica. Hasta que es ordenado obispo Mons. Miguel Ángel Morán, el 2 de septiembre del año 2000. La diócesis reemprende así un nuevo período.
El nuevo obispo desde los inicios dejó entrever una personal manera de pastorear su grey. Por lo que la cercanía con los distintos grupos eclesiales y todas aquellas realidades diocesanas donde los laicos tienen una notable presencia son prioridades de este pastor. Después de un tiempo de conocimiento de toda la vida diocesana, comenzó a tender las líneas para la elaboración de un Plan Pastoral con vistas a organizar, dinamizar y proyectar todo el quehacer pastoral de la diócesis. Con mucha fatiga y no sin momentos de desconciertos se fue definiendo el proyecto pastoral, que tiene como objetivo principal coordinar los diferentes esfuerzos parroquiales, bajo la luz del triple ministerio de Cristo, para encaminarlos hacia una pastoral de conjunto que a su vez fortalezca la vida diocesana. El ideal final es hacer presente con mayor evidencia el reinado de Dios en esta iglesia particular.
El diseño del plan, redactado y editado, tiene dos partes fundamentales: una parte histórica-doctrinal y la otra propiamente operativa. A grandes rasgos se puede vislumbrar los ejes metodológicos asumidos por el episcopado latinoamericano (ver-juzgar-actuar). A la parte histórica-doctrinal corresponderían los ejes «ver-juzgar» y la parte propiamente operativa el eje del «actuar». En la parte histórico-doctrinal abundan las referencias al Concilio Vaticano II y a su eclesiología del misterio, comunión y misión. Por lo que no es de extrañar que se abran sin tapujos todos los espacios posibles para la participación activa de los fieles laicos en el dinamismo diocesano. Se puede decir que el plan está pensado con el propósito de involucrar a todos los bautizados a cumplir la misión que les corresponde en el campo al que el Señor les ha llamado. Baste mencionar lo que define por parroquia: «el principal lugar institucional de edificación eclesial donde se realiza la vida cristiana y, por lo mismo, la principal estructura eclesial responsable de la Evangelización. En ella encuentran los cristianos a la Iglesia como Pueblo de Dios y los agentes de pastoral ejercen en ella su ministerio» (pag. 42).
Además, todos los objetivos específicos y las líneas operativas que componen la parte práctica del plan, contienen elementos concretos en los que la figura de los laicos adquiere especial relevancia. Vale destacar solo algunas referencias: despertar en todos la vocación profética que es propia de cada bautizado (pag. 65), priorizar los ministerios laicos para que ejerzan su función sacerdotal (pag. 67, 70), insertar a los laicos en las estructuras parroquiales y diocesanas (consejos pastoral y económico), así como todas las aéreas de trabajo de la pastoral social para empeñarlos en su función real (pag. 75). Llama poderosamente la atención el hecho de que el plan sugiere la participación pasiva y activa en el campo de la formación cristiana. Es participación pasiva porque el plan expresa enfáticamente la necesidad de posibilitar una formación integral y permanente a todos los laicos. Es más, al final del plan se especifican las prioridades a tomar en cuenta en el presente quinquenio, y la primera prioridad es esa formación. Es activa porque el plan también sugiere «asignar a equipo de laicos evangelizados para que den seguimiento a los programas pastorales, sean diocesanos, vicariales o parroquiales» (pag. 68). En tal sentido, la munus docendis, propia de los ministros, es tranquilamente cedida también a los fieles laicos. No cabe duda que resuena aquí el número 12 de la Lumen Gentium: el sensus fidei y el sensus fidelium.
En fin, es posible afirmar que este plan pastoral apunta a una real, fructífera y activa participación de los fieles laicos en toda la vida diocesana. El gran desafío que todavía queda es despertar en todos ellos la pasión por ejercer aquello que les es propio como miembros del pueblo de Dios, como corresponsables en esa Iglesia misterio, comunión y misión. Además, no todos los ministros ordenados han asimilado con precisión lo que les es propio a ellos y lo que les corresponde por derecho a los fieles laicos. Por eso es que la presencia y misión de los laicos en la diócesis de San Miguel todavía debe ser vista en perspectiva, ya que no es todavía una realidad una activa y fructuosa participación de ellos.
Nuevas perspectivas
Con la elaboración y ejecución del plan pastoral, la diócesis busca dar el paso hacia un laicado consciente de su dignidad y su misión. Pasar de un laicado pasivo a un activo; de un laicado sin fisonomía ni identidad a uno con identidad, participe y corresponsable con la misión de la Iglesia que localmente peregrina en la diócesis migueleña.
Además, con ese proyecto pastoral la diócesis ha priorizado la formación de los laicos con el fin de pasar de un laicado desinformado a uno mejor informado y progresivamente bien formado. El ideal de un laicado consciente, partícipe y corresponsable pasa por el proceso de una formación profunda y amplia. No se trata sólo de formar ciertos «colaboradores de los presbíteros» sino de abrirles el espacio que les es proprio en la vida diocesana.
Asumiendo esa clara conciencia de la propia dignidad y misión, superando el rol de sentirse sólo colaboradores y servidores de los ministros, los laicos han de asumir con profundo espíritu de corresponsabilidad su propia misión. Pero además, el presbiterio de la diócesis debe también reacomodar su pre-concepto del laico como «colaborador del ministro» a la clara identidad del laico como «corresponsable» con la misión que le es propia al ministro.
También, la diócesis apunta a una plena conjunción de fuerzas para posibilitar que la viña del Señor, que en este caso es la misma diócesis, pueda fructificar con frutos de vida nueva. Para ello todos los miembros del pueblo de Dios, ministros y fieles cristianos laicos, en profunda comunión y corresponsable misión, deben convertirse en celosos y apasionados servidores de esa viña. Los esfuerzos por responder a los diferentes desafíos que la realidad diocesana contiene no han de disiparse, como tampoco ningún desafío ha de soslayarse.
Como el objetivo general del plan lo sugiere, todo el esfuerzo pastoral, que en plena comunión y participación han de realizar los fieles laicos junto con los ministros, ha de apuntar decididamente a la vivencia concreta del Reinado de Dios, en el que los valores de la justicia, la verdad y la paz serán una realidad. Donde la compasión y la solidaridad serán expresión espontánea de una vivencia cristiana profunda y gozosa. En tal sentido, la vida del Espíritu de Cristo será palpable y madura. La espiritualidad de los laicos, como la de los ministros, encontrará su centro en la vivencia plena de la propia vocación, que a su vez será manifestada mediante una fe madura, una esperanza gozosa y una caridad activa.
Obviamente todo esto es todavía un ideal, pues la realidad dista mucho de ser reflejo de tales perspectivas. Por eso la vigencia del llamado de Jesús, «¿Por qué estáis aquí ociosos todo el día?», tiene una actualidad evidente en la diócesis. El trabajo por realizar es ingente. Los primeros pasos ya se están dando, y sobre todo, con la presencia del actual padre y obispo, las perspectivas se hacen más prometedoras.
Continúa…
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