
Recopilado por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma
Un excelente libro que leí hace algunos meses, de Carlos G. Vallés, titulado precisamente con esa exclamación: “¡No temas!”, termina con estas reflexiones que ahora les comparto en modo completo:
«Cuando los ángeles anunciaron el nacimiento de Jesús a los pastores de Belén sus primeras palabras fueron: “¡no teman!”; y cuando llevaron a las santas mujeres en Jerusalén la buena nueva de la resurrección de Jesús, comenzaron también por decir: “¡no teman!”. Todo indica que el mensaje que Jesús vino a traer a hombres y mujeres con su presencia en la tierra y su muerte en la cruz era el destierro del miedo de nuestros corazones. Y también indica que ese mensaje no encuentra mucho eco en general, ya que los ángeles tienen que repetir al final lo que dijeron al principio. La última lección en los manuales angélicos para ayuda de la humanidad es la misma que la primera: “¡No teman!”.
“¿Por qué temes, hombre de poca fe?”, “Levántate y no temas”, “no temas, hija de Sión”. El mismo mensaje les llega a Zacarías, a Pedro, a los discípulos, a las multitudes, la misma alegre noticia que va a cambiar la faz del mundo. No temas. Es una era nueva. Somos libres. No estamos ya en cautividad, y no hemos de volver a temer a las fuerzas de la naturaleza, al poder de las tinieblas o a los escrúpulos de nuestra propia alma.
Cuando el hombre y la mujer rompieron su primera inocencia en el paraíso, su primera e inmediata reacción fue el miedo: “Oí el sonido de tus pasos en el jardín, y tuve miedo”. Y con miedo continuaron hombres y mujeres por desiertos y ciudades de día y de noche en soledad y en sociedad, dondequiera que estuvieran e hicieran lo que hicieran. Temerosos de los pasos de Dios, temerosos de sus propios pasos; temerosos de amigos y enemigos, temerosos de vivir y de morir. Larga cadena de miedos desde el primer aliento hasta el último en el valle de las sombras. Desde que el hombre y la mujer perdieron su inocencia, quedaron condenados a vivir bajo el miedo.
Y el miedo redujo su alegría. Una espada de Dámocles colgaba sobre cada placer, y su amenaza amargaba el gozo. Vive, pero has de morir; come, pero puedes ser envenenado; viaja, pero puedes tener un accidente, ama, pero puedes sufrir. Cada actividad humana tenía su sombra oscura, y la comida se mezclaba con cenizas en la boca. La posesión de un tesoro quedaba vinculada para siempre al miedo de perderlo; y el desprendimiento de vivir sin tesoros conlleva el mayor miedo de cuánto durará el desprendimiento en un mundo de apegos. Nada es firme, nada es seguro; y una vida sin seguridad es una vida de temores.
La inseguridad nos ataca los nervios. Nos ponemos tensos, y proyectamos nuestras tensiones sobre el mundo que nos rodea. Vemos a los demás como enemigos, y a las oportunidades como amenazas. El trabajo es competencia, y la vida es un campo de batalla. Tenemos los peligros que conocemos, y más aún los que no conocemos pero sospechamos a la vuelta de cada esquina. El miedo que tiene nombre pierde su filo, pero el miedo sin nombre, el fantasma sin rostro, el ataque sin dirección aturde a la mente y paraliza el cuerpo. Miedos sin nombre que llenan de terror oscuro la existencia humana.
La redención es la liberación del miedo. Levanta la vista, llena tus pulmones, yergue la cabeza, abre la sonrisa, y da la bienvenida a la vida. El poder de la confianza y la alegría del coraje. Ese es el mensaje de la redención. La facultad de presentarse sin temor ante Dios, y en consecuencia ante el mundo entero y toda la creación para trabajar en libertad y vivir con alegría. Eso es lo que Jesús vino a hacer a la tierra.
La vida es bella, la naturaleza es amable, el sufrimiento tiene sentido y la muerte lleva a la vida, (si tenemos fe, que hace crecer la esperanza y consuela con el amor). No ignoramos el sufrimiento ni tratamos de ocultarlo ni de evitarlo cuando es inevitable, pero sí buscamos en Cristo la conquista de ese miedo irracional de sufrimientos futuros e imaginarios que nos hacen sufrir antes de llegar y nos estropean la vida antes de vivirla. Haremos frente al sufrimiento cuando llegue, como no dejará de llegar en la prueba que es esta vida, pero nos negamos a que nos acobarde su pensamiento, nos atormente su sospecha, nos hiera su miedo.
Tomamos las cosas como vienen, y la vida como es. Cuando aparece en el horizonte una nube negra, nos damos cuenta de ellos y tomamos nota, pero no perdemos la calma que ahora disfrutamos bajo el sol por el temor de la tormenta que se avecina. Es posible que la tormenta se disipe para cuando llegue aquí, pero si descarga sobre nuestras cabezas ya sabremos refugiarnos a tiempo, o en el peor de los casos nos mojaremos, y ya nos cambiaremos de ropa y repararemos los daños que pueda haber causado. Pero no nos desanimamos de antemano.
Encontramos el valor que derrota al miedo en nuestra fe en Jesús, que ha caminado los caminos de la vida por delante de nosotros, y ahora está a nuestro lado para llevarnos a la victoria con él. “No hay aflicción, penalidad, persecución, hambre, desnudez, peligro o muerte que pueda separarnos del amor de Cristo”, dijo san Pablo. Y Juan ofreció el último eslabón en la cadena de oro: “El amor perfecto acaba con el miedo”. Jesús sella nuestro amor, y su amor elimina el miedo de nuestras vidas.
Bendición final de Jesús para todos los que lo aman: “No teman. Yo he vencido al mundo”».
Hasta la próxima.
Pbro. Ramón O. Lara Palma
Un excelente libro que leí hace algunos meses, de Carlos G. Vallés, titulado precisamente con esa exclamación: “¡No temas!”, termina con estas reflexiones que ahora les comparto en modo completo:
«Cuando los ángeles anunciaron el nacimiento de Jesús a los pastores de Belén sus primeras palabras fueron: “¡no teman!”; y cuando llevaron a las santas mujeres en Jerusalén la buena nueva de la resurrección de Jesús, comenzaron también por decir: “¡no teman!”. Todo indica que el mensaje que Jesús vino a traer a hombres y mujeres con su presencia en la tierra y su muerte en la cruz era el destierro del miedo de nuestros corazones. Y también indica que ese mensaje no encuentra mucho eco en general, ya que los ángeles tienen que repetir al final lo que dijeron al principio. La última lección en los manuales angélicos para ayuda de la humanidad es la misma que la primera: “¡No teman!”.
“¿Por qué temes, hombre de poca fe?”, “Levántate y no temas”, “no temas, hija de Sión”. El mismo mensaje les llega a Zacarías, a Pedro, a los discípulos, a las multitudes, la misma alegre noticia que va a cambiar la faz del mundo. No temas. Es una era nueva. Somos libres. No estamos ya en cautividad, y no hemos de volver a temer a las fuerzas de la naturaleza, al poder de las tinieblas o a los escrúpulos de nuestra propia alma.
Cuando el hombre y la mujer rompieron su primera inocencia en el paraíso, su primera e inmediata reacción fue el miedo: “Oí el sonido de tus pasos en el jardín, y tuve miedo”. Y con miedo continuaron hombres y mujeres por desiertos y ciudades de día y de noche en soledad y en sociedad, dondequiera que estuvieran e hicieran lo que hicieran. Temerosos de los pasos de Dios, temerosos de sus propios pasos; temerosos de amigos y enemigos, temerosos de vivir y de morir. Larga cadena de miedos desde el primer aliento hasta el último en el valle de las sombras. Desde que el hombre y la mujer perdieron su inocencia, quedaron condenados a vivir bajo el miedo.
Y el miedo redujo su alegría. Una espada de Dámocles colgaba sobre cada placer, y su amenaza amargaba el gozo. Vive, pero has de morir; come, pero puedes ser envenenado; viaja, pero puedes tener un accidente, ama, pero puedes sufrir. Cada actividad humana tenía su sombra oscura, y la comida se mezclaba con cenizas en la boca. La posesión de un tesoro quedaba vinculada para siempre al miedo de perderlo; y el desprendimiento de vivir sin tesoros conlleva el mayor miedo de cuánto durará el desprendimiento en un mundo de apegos. Nada es firme, nada es seguro; y una vida sin seguridad es una vida de temores.
La inseguridad nos ataca los nervios. Nos ponemos tensos, y proyectamos nuestras tensiones sobre el mundo que nos rodea. Vemos a los demás como enemigos, y a las oportunidades como amenazas. El trabajo es competencia, y la vida es un campo de batalla. Tenemos los peligros que conocemos, y más aún los que no conocemos pero sospechamos a la vuelta de cada esquina. El miedo que tiene nombre pierde su filo, pero el miedo sin nombre, el fantasma sin rostro, el ataque sin dirección aturde a la mente y paraliza el cuerpo. Miedos sin nombre que llenan de terror oscuro la existencia humana.
La redención es la liberación del miedo. Levanta la vista, llena tus pulmones, yergue la cabeza, abre la sonrisa, y da la bienvenida a la vida. El poder de la confianza y la alegría del coraje. Ese es el mensaje de la redención. La facultad de presentarse sin temor ante Dios, y en consecuencia ante el mundo entero y toda la creación para trabajar en libertad y vivir con alegría. Eso es lo que Jesús vino a hacer a la tierra.
La vida es bella, la naturaleza es amable, el sufrimiento tiene sentido y la muerte lleva a la vida, (si tenemos fe, que hace crecer la esperanza y consuela con el amor). No ignoramos el sufrimiento ni tratamos de ocultarlo ni de evitarlo cuando es inevitable, pero sí buscamos en Cristo la conquista de ese miedo irracional de sufrimientos futuros e imaginarios que nos hacen sufrir antes de llegar y nos estropean la vida antes de vivirla. Haremos frente al sufrimiento cuando llegue, como no dejará de llegar en la prueba que es esta vida, pero nos negamos a que nos acobarde su pensamiento, nos atormente su sospecha, nos hiera su miedo.
Tomamos las cosas como vienen, y la vida como es. Cuando aparece en el horizonte una nube negra, nos damos cuenta de ellos y tomamos nota, pero no perdemos la calma que ahora disfrutamos bajo el sol por el temor de la tormenta que se avecina. Es posible que la tormenta se disipe para cuando llegue aquí, pero si descarga sobre nuestras cabezas ya sabremos refugiarnos a tiempo, o en el peor de los casos nos mojaremos, y ya nos cambiaremos de ropa y repararemos los daños que pueda haber causado. Pero no nos desanimamos de antemano.
Encontramos el valor que derrota al miedo en nuestra fe en Jesús, que ha caminado los caminos de la vida por delante de nosotros, y ahora está a nuestro lado para llevarnos a la victoria con él. “No hay aflicción, penalidad, persecución, hambre, desnudez, peligro o muerte que pueda separarnos del amor de Cristo”, dijo san Pablo. Y Juan ofreció el último eslabón en la cadena de oro: “El amor perfecto acaba con el miedo”. Jesús sella nuestro amor, y su amor elimina el miedo de nuestras vidas.
Bendición final de Jesús para todos los que lo aman: “No teman. Yo he vencido al mundo”».
Hasta la próxima.
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