Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

lunes, 21 de diciembre de 2009

MI ORACIÓN DE NAVIDAD


Por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma

“Niñito Jesús, que naciste en Belén, bendice los niños del mundo y a mí también”. Mi querido Jesús, es verdad que tengo treinta y cinco años, pero al ponerme frente a este teclado es la única oración que me ha venido a la mente. Cierto que no soy un infante pero quisiera tener siempre un corazón de niño. Es que tú afirmaste algo que me deja estupefacto siempre que lo pienso: “Quien no se haga como un niño no entrará en el Reino de los cielos”. Por eso no me avergüenzo hacerte esta oración y compartirla con quienes leerán este escrito.

Como puedes ver, Jesús, no te pido grandes cosas, pues sólo pido tu bendición. Ah, pero tú sabes qué significa eso, ¿Verdad? ¡Pedir tu bendición no es pedir cualquier cosa! La misma palabra me lo explica: “Ben – decir = decir el bien”. Cierto, todos podemos bendecir a los demás (y nunca “mal – decir = decir el mal). Pero sucede que nuestro decir (desear) el bien es limitado, sólo se queda en un sonido o en un piadoso deseo, nada más. Además no podemos bendecir en nuestro nombre sino sólo en tu nombre (“Dios te bendiga”). Claro que eso ya es algo bueno para la persona a quien dirigimos nuestra “bendición”. Sin embargo, cuando tu “dices el bien” hacia nosotros, las cosas cambian. Porque cuando tú hablas las cosas se realizan concretamente, pues tu voz, tu palabra, es eficaz. Cuando tú hablas el bien se hace una realidad en nuestras vidas. Por eso pedir tu bendición es pedirte que el bien esté siempre conmigo.

Pero yo sé que el “bien” que tu das no es cualquier “bien”. Tú das siempre a quien te lo pide sólo “el Sumo Bien”. ¿Y cuál es ese Sumo Bien? ¡Claro! Sabemos que el Sumo Bien es Dios mismo. Ah, entonces, Jesús, tú ya me entendiste que lo que te estoy pidiendo es que Dios mismo esté conmigo. Pero, ¡Si tú eres Dios! Ah, bueno, entonces ya comprendiste que al pedir tu bendición lo que te estoy pidiendo es que siempre estés a mi lado, o más bien, que yo siempre me acuerde que tú estás a mi lado, pues sé que tu nunca me abandonas sino que soy yo quien me olvido que tu siempre eres mi compañero de camino.

Ciertamente, Jesús, soy yo quien tantas veces he olvidado que tú eres el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”. Que estás aquí, a mi lado, y que nunca me abandonas. Por eso en esta navidad sólo te pido que me bendigas, o sea, que nunca me olvide que tú eres un Dios cercano, que no olvide que todo el Bien que yo pueda anhelar lo encuentro en ti, y solo en ti. Por eso, Jesús, ojalá que al celebrar el día de tu nacimiento, el día de tu epifanía entre nosotros, reconociésemos que hemos sido bendecidos por ti, porque te hiciste cercano a nosotros, tan cercano que tomaste nuestra propia condición humana.

Sin embargo, mi querido Jesús, te pido disculpas, ya que esta fiesta en que recordamos tu humilde venida entre nosotros la hemos transformado en un verdadero bacanal. ¡Qué locura! ¡Cuánto hemos confundido y tergiversado el significado de esa fiesta! Cuando veo lo que hacemos celebrando tu cumpleaños quedo realmente sorprendido, no encuentro palabras para expresar mi confusión, decepción y vergüenza. Solo me acuerdo de aquel canto que un hermano sacerdote siempre ha cantado: “Navidad, navidad del siglo nuevo, me das pena pues no sabes lo que celebras. Si supieras harías penitencia”. El problema, Jesús, es que nosotros no sabemos qué es el bien. Es verdad que el bien trae consigo la felicidad, y todos nosotros los seres humanos queremos ser felices, o mejor, queremos ser “infinitamente felices”. Pero como no sabemos qué es el bien, tampoco sabemos qué es la felicidad.

Y ¿Qué es la felicidad pues? Menuda pregunta ¿Verdad? Pero yo sé, oh mi querido Jesús, que tú confías en que nosotros ya aprendimos ese secreto. Tú sabes bien que los hombres hemos buscado desde siempre y en todas las maneras posibles la felicidad, pero no la podíamos encontrar. Hasta que viniste tú y nos la enseñaste y además nos señalaste el camino para alcanzarla. ¡Cómo no recordarlo, Jesús, si el secreto lo revelaste cundo nos dijiste: “Felices los pobres…felices los mansos, felices los que lloran, felices los hambrientos de justicia, felices los misericordiosos, felices los limpios de corazón, felices los pacificadores y felices los perseguidos por mi causa”! ¡Caramba! Jesús, tú sí que has querido la felicidad para nosotros. ¡Más claras no pueden ser tus palabras!

Ah, mi querido Jesús, pero qué confundidos estamos en este nuestro tiempo. Buscamos la felicidad haciendo todo lo contrario de lo que tú nos dijiste. Hemos confundido todo: creemos que la riqueza, que la fama, que el poder, que el placer desmedido y egoísta, que los efectos de una adrenalina desbordada y las emociones exacerbadas son la felicidad. Por eso, Jesús, bendícenos, o sea, viene a nosotros, ilumínanos (tú eres la luz), condúcenos (tú eres el camino) y llena nuestras vidas de la verdadera felicidad (tú eres vida plena). Lo reconocemos humildemente, Jesús, sin ti no podemos ser felices, sin ti no hay más que oscuridad y desolación: ¡Nace de nuevo en nuestros corazones! ¡Tú eres nuestra felicidad!

Mi oración, mi querido Jesús, no es otra cosa que desearles a todos mis amigos, a los que estimo tanto, la más suprema felicidad. Es decir, que tú te acerques a ellos y los colmes de ti, que eres la verdadera alegría y el más genuino gozo, y que ellos nunca se aparten de ti. Por eso te la digo de nuevo: “Niñito Jesús que naciste en Belén, bendices a todos mis amigos y a mí también”. Y con esa experiencia de cercanía contigo podamos verdaderamente gritar: ¡Feliz Navidad!

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