Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

miércoles, 2 de septiembre de 2009

¿QUIERE DIOS QUE SUFRAMOS Y QUE MURAMOS? 2/3


La muerte

Pbro. Ramón O. Lara Palma

Continuación…

En la primera parte hemos concluido que el mal existe no por sí mismo, sino en otro; que la posibilidad de que exista el mal real depende de la elección o rechazo frente a Dios; que en algún momento los espíritus puros (ángeles) y los espíritus encarnados (humanos) eligieron contra Dios, desatando así la presencia concreta y real del mal: el mal lo experimentamos concretamente y hace sufrir. Que Dios no ha querido ese mal es un hecho (Él no creó el demonio, ni hizo al hombre pecador), pues Él es amor infinito y no puede contradecirse. Más bien, y eso hay que recalcarlo, ante la presencia real del mal Dios diseñó un amoroso un plan de salvación.

Pero por ahora centrémonos en la muerte en sí. Durante mucho tiempo en la Iglesia se aceptó la doctrina de los llamados “dones preternaturales”. Uno de estos dones era el don de la “inmortalidad”. Según esta doctrina, antes del pecado original el hombre no tenía como destino final la muerte, pues Dios lo había creado para la vida, y esta vida era eterna. Después del pecado, y eso lo leemos en el libro del Génesis, Dios condenó al hombre a la muerte como condena por el pecado cometido. Obviamente que tal doctrina está siendo replanteada y reenfocada. Ciertamente nos podemos preguntar: Si el hombre nunca iba a morir y si Dios les dio la orden de multiplicarse ¿A caso no sucedería que en algún momento, y con mucha rapidez, el planeta sería insuficiente para albergar a todo ser humano que naciera? Claro que la pregunta es ingenua, además de ser planteada a partir de la concreta experiencia del morir humano, pero no deja de ser oportuno planteársela.

Algunos teólogos se aventuran a decir que en realidad antes del pecado original ciertamente el hombre experimentaría la muerte física-corporal, pero ésta sería una experiencia serena, apacible y “natural”, no la experiencia dramática, dolorosa y traumática como efectivamente ahora la experimentamos. El pecado vino a ocasionar ese dolor y trauma del acontecimiento natural del morir. Morir sería sólo una “pascua natural”, ya que se nacería sin dolor y se moriría sin dolor. Tal explicación encuentra asidero experiencial en los dos modos de morir que podemos ver en casos concretos: el que muere apaciblemente en paz con Dios y el que muere angustiosamente en la desesperación de su propio ego.

Es posible pensar que cuanto más en “gracia de Dios” (amistad y cercanía con Dios) se esté, más serena es la muerte. Pensar en un Pablo que afirmaba que para él “la muerte era una ganancia” o un Francisco de Asís para quien la muerte era más bien la “hermana muerte”, etc., nos aclaran este modo diverso de ver el acontecimiento de la muerte. Claro que cuanto más lejos de Dios se viva (pecado), cuanto más centrado en el propio ego se exista, más angustia y sufrimiento ocasionará la experiencia del morir.

Por eso la experiencia del morir, en sí mismo, no es el problema. El dolor ante el morir nace más bien a partir de la percepción que tengamos frente a la muerte. Lo mismo sucede con la enfermedad. Tal parece que la enfermedad no es más que el natural camino degenerativo que el cuerpo humano toma cuando se dirige hacia su final histórico. El último estadio de la enfermedad es justamente la muerte. Por cuanto es posible ver en muchas experiencias, también la enfermedad puede ser tan trágica y angustiosa tanto como serena y apacible. Tal parece que mucho depende de la perspectiva con que se vea el evento mismo de la enfermedad. La percepción y experiencia de la enfermedad toma un sendero sereno cuanto más se viva en abandono confiado al Dios Amor y al amor concreto que se experimenta por parte de los que rodean al enfermo. En cambio toma el sendero de la angustia y desesperación cuanto más cerrado se quede el enfermo en su egoísmo y más abandonado a la soledad lo dejen sus semejantes. La muerte y la enfermedad tienen nuevo color y sabor frente al amor, frente al Dios que es amor.

También, muchas veces el sufrimiento y dolor a causa de la muerte y la enfermedad se experimentan indirectamente. La muerte o la enfermedad de un ser querido pueden ser causa de un agudo, prolongado y angustioso sufrimiento para los están cerca de esa persona querida. Sin embargo, por la experiencia que se puede recoger en el diario vivir, es posible afirmar que mucho depende también desde qué perspectiva se tome el evento que ocasiona el sufrimiento del ser querido. Siempre se redunda en lo que hemos apuntado anteriormente: en la actitud que se tome desde el amor o la actitud tomada desde el egoísmo y la desesperación.

La enfermedad y la muerte pueden ser experiencias que hagan florecer las más genuinas manifestaciones de amor. Movidos por un profundo amor, los que rodean al enfermo o acompañan al que muere, pueden hasta llegar a experimentar profundos sentimientos de serenidad y satisfacción; ya que todo lo hacen con dedicación, con premura y gran cariño. Al final se sienten satisfechos por haber manifestado ese amor sincero ante quien sufría la enfermedad. En cambio, desde el egoísmo, la enfermedad resulta cuanto menos una tragedia, un continuo reclamo, una carga insoportable; la muerte resulta ser siempre una injusticia divina, un imperdonable acontecimiento. Claro que en este ambiente saturado de hedonismo (búsqueda de sólo placer), la enfermedad y la muerte son un escándalo insoportable: al enfermo se le aparta, se le margina, se le abandona, en vez de socorrerlo. Mucho depende de cómo se vivan esas experiencias: con amor (con Dios) o sin amor (sin Dios). El mal toma rostro solo cuando se hace la elección de no amar.

Pero en el grupo de preguntas que al final de la primera parte apuntamos, dos de ellas se referían a experiencias de sufrimiento y muerte que requieren tratamiento a parte: la muerte y sufrimiento a causa de la injusticia humana y aquellas causadas por las catástrofes naturales.

La raíz de la muerte y sufrimiento a causa de las injusticias humanas está claramente en el pecado del hombre, en el mal moral de que hablaba san Agustín; o sea, el mal que el hombre mismo crea y ocasiona para sí mismo y sobre todo para los demás. Los grandes crímenes contra la humanidad: masacres, campos de concentración, bombas atómicas, etc., tienen su origen el mal que el hombre crea y expande a lo largo y ancho del mundo. Ese mal moral, es decir, el ocasionado por la acción humana, nace de la ausencia de Dios en el corazón del hombre.

Pero también existe ese sufrimiento que surge a partir de la fragilidad de la naturaleza humana. Es obvio que el obrar humano nada tiene que ver en una tragedia natural. Entonces ¿Es Dios el culpable de ese sufrimiento y de esa muerte? ¿Por qué Dios no evitó ese mal ontológico? ¿Por qué el cuerpo del hombre debió ser tan frágil y degradable?

A esa muerte y sufrimiento a causa de la frágil condición humana es a lo que san Agustín llamó “mal ontológico o mal físico”. Según Agustín, Dios da el ser a todo cuanto existe pero en diferentes grados de perfección. Algunos seres tienen cualidades perfectivas que otros no lo tienen y tales cualidades son diferentes en cada ser. Por ejemplo, una hormiga tiene ciertas cualidades ontológicas, pero frente al hombre queda superada, pues es claro que la perfección ontológica del hombre es superior. Y así sucesivamente, según san Agustín, los seres se distinguen en niveles de perfección ontológicas.

Cuando un ser se presenta con cierto nivel de imperfección ontológica frente a otro ser, a eso es a lo que Agustín llama “mal ontológico”, presente en las imperfecciones del "ser" imperfecto. Por ejemplo, es verdad que el hombre tiene el mayor cúmulo de perfección ontológica de los demás seres, sin embargo, frente a una erupción volcánica, frente a un terremoto o frente a un huracán, el hombre se ve limitado en su ser, ya que no tiene la misma fuerza y resistencia física que tiene el fuego, las rocas o el viento tempestuoso. Frente a esos fenómenos naturales, el “mal ontológico” hace presa del hombre. El hombre es frágil.

Pero en el párrafo anterior nos hemos preguntado ¿Por qué Dios no evitó el “mal ontológico” en el hombre, por qué lo creó así de frágil? Hay quienes creen que Dios creó al mundo para aumentarle el sufrimiento al hombre: “existe la obstinación del mundo por hacer sufrir al hombre mediante terremotos, inundaciones, olas de frío extremo, sequías, hambrunas, animales salvajes que devoran, árboles que caen, relámpagos que fulminan, accidentes de toda clase y demás penalidades”.

Algunos sostienen que ese mal causado por la misma naturaleza (creatura de Dios), lo permite Dios para “castigar” el pecado del hombre. Cuantas veces se hoyen voces que después de una tragedia gritan: “¡arrepiéntanse, que esta catástrofe es solo muestra de la inminente ira de Dios!”. Es obvio que una comprensión tal es un insulto al Dios que es amor. Ni siquiera la piadosa expresión “esta es la voluntad de Dios” escapa de ser una ofensa. ¡Es que Dios NO quiere la muerte del hombre, NO se complace en el sufrimiento de nadie!

Efectivamente Dios no quiere la muerte y el dolor de nadie, pero su obra creada sigue un camino ya señalado por el mismo creador. En este punto sigo a Gisbert Greshake quien sostiene la tesis de que Dios crea el cosmos entero en vistas a la aparición de la libertad humana. Según esta tesis, avalada por la visión evolucionista de la creación y por el controversial “principio antrópico”, antes de la aparición del ser humano y después de él, todo cuanto existe sigue una dinámica evolutiva de ensayo y error, pero de continuo perfeccionamiento. El grado máximo de perfeccionamiento es la aparición de un ser libre y capaz de amar.

“Digámoslo con toda concreción, ––afirma Greshake–– : que haya cáncer, epidemias, malformaciones, accidentes, inundaciones y cosas parecidas, es una secuela necesaria de que la evolución se realice como un bosquejo previo de la libertad: no de manera determinada, ni necesaria, ni fija, sino jugando, probando posibilidades en el ámbito de lo casual. La Creación, cuya meta es la libertad de la criatura, no tiene la figura de un orden estático que encaje a priori, sino que es algo dinámico, no prefijado, juguetón. Además, que el ser humano aparezca requiere determinadas leyes y constantes que producen, como la otra cara de su moneda, dolor. De aquí que en la Creación se dé necesariamente lo negativo, lo desintegrador, lo que no siempre sale bien: un conjunto de productos residuales que producen dolor”.

En otras palabras, la creación tiene una finalidad, la aparición del ser libre, pero para ello no tiene leyes fijas y preestablecidas. La única ley que Dios le dio al cosmos es evolucionar hacia la libertad. Es que Dios es libre y deja siempre en libertad su creatura. Por eso Dios no interviene en las leyes que el mismo proceso evolutivo del cosmos adquiere. ¿Podría Dios corregir la trayectoria de un huracán o evitar el acontecer de un terremoto? Desde la comprensión omnipotente de Dios podríamos decir que sí, pero no lo hace porque respecta la libertad de su creatura. La naturaleza ha elegido ciertas leyes y Dios las respeta. Cuando aparece el ser que en sí tiene conciencia de la libertad y la voluntad, o sea el hombre, Dios ve que su plan ha llegado a su perfección (el Génesis dice: “y vio Dios que era muy bueno”), sólo que siempre se mantenía el riesgo que implica la libertad de su creatura. Para entrenarlo en esa libertad, según el Génesis, Dios prueba al hombre dándole algo que elegir: no comer o comer del árbol prohibido. Lo que sucedió lo sabemos bien: el hombre eligió lo que no debía elegir.

Pero volvamos al punto del mal que ocasiona la naturaleza. Dice Greshake: “De modo que si Dios quiere al hombre y su libertad como condición para poder dar a las criaturas participación en su gloria divina y el hombre se halla esencialmente vinculado a un mundo que va en correspondencia con él y gracias al cual entra en múltiples relaciones con todos los demás hombres, queda dado al mismo tiempo el envés de la libertad: hay en tal caso necesariamente dolor estructural. Todo ello quiere decir, en lo que hace a nuestra cuestión de la compatibilidad del dolor con la imagen cristiana de Dios, que el hecho del dolor no habla contra el Dios creador bueno ni contra la bondad de la creación. Más bien, y visto desde estas reflexiones, el dolor es el precio de la libertad; mejor dicho, el precio del amor. Un Dios que por su omnipotencia y su bondad impidiera el dolor, tendría que hacer imposible el amor, porque éste presupone la libertad y es acompañado del dolor. Amor sin dolor es, pues, lo mismo que hierro de madera o círculo triangular”.

Pero, si para ser libres, y ser capaces de amar libremente es necesario pagar el precio del dolor ¿Realmente vale la pena pagar ese precio? También: ¿Por qué tiene que pagar ese precio el justo? ¿Por qué sufre el bueno y el malo no?

Continúa…

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