Mons. Romero

"Por eso insisto yo, mucha oración. oremos, pero no con una oración que nos aliene, no con una oración que nos haga huir de la realidad. Jamás vayamos a la Iglesia huyendo de nuestros deberes de la tierra. vayamos a la Iglesia a tomar fuerzas y claridad para retornar a cumplir mejor los deberes del hogar, los deberes de la política, los deberes de la organización, la orientación sana de estas cosas de la tierra. estos son los verdaderos liberadores" (Homilia 11 de noviembre de 1979).

sábado, 13 de agosto de 2011

TERESA DE LISIEUX



TERESA DE LISIEUX: UNA PROPUESTA ESPIRITUAL PARA NUESTRO TIEMPO

Pbro. Ramón O. Lara
Seminario Santiago Apóstol


Permítanme compartir unas breves notas sobre dos de las líneas fundamentales de la espiritualidad de Teresa de Lisieux (Infancia espiritual y el Caminito espiritual) confrontándolas con la nueva sensibilidad espiritual de nuestro tiempo. Sin duda que la propuesta de esta joven santa del Carmelo tiene una gran actualidad.

INFANCIA ESPIRITUAL

Tal parece que el genio espiritual de Santa Teresita del Niño Jesús optó por dar a esta jovencita la heroicidad de vivir la verdad en la sencillez de la cotidianidad. No fue en la pomposidad de la ascesis eremítica que Teresa recorrió y subió los caminos de perfección espiritual. Fue con la sencillez de un corazón abandonado a la misericordia y al amor de Dios con que esta santa logró escalar las altas cumbres de la santidad. En el amor y la sencillez es que Teresa encontró los motivos para la santificación. Ya que estos disponen a la criatura a la acción del amor misericordioso de Dios.

El amor es principio de santidad porque sólo el amor del Señor derramado en el corazón de sus elegidos es el que los salva. El amor es también medio de santificación porque es la acción amorosa de Dios lo que conduce y guía a la persona por los caminos de la perfección y madurez espiritual. El amor es también fin de la propia santificación, pues todo lo que se hace tiene la sola finalidad de que el alma vaya a la perfecta comunión con el amor de Dios, así como tambien asegurar en el mundo el triunfo del amor.

Para Teresa, la humildad y la pequeñez son la única actitud coherente ante Dios, porque sólo con la humildad se puede hacer brillar la grandeza, la bondad y sabiduría del Señor, quien sobre la debilidad humana quiere erigir las maravillas de su gracia y poder.

Por eso, el descubrimiento y novedad de la espiritualidad de Santa Teresita consiste en haber comprendido el valor de la debilidad humana, que ya no es obstáculo para la santificación, sino antes bien un elemento necesario para que Dios pueda actuar y manifestar de modo admirable su grandeza.

Ahora bien, la fusión del amor y la humildad, como respuesta al amor y a la misericordia divina, Teresa lo llama “Infancia Espiritual”. Es que el niño es la síntesis viva de esos dos elementos: amor y debilidad. El niño vive del amor premuroso de sus padres y toda su existencia, tan necesitada de cuido diligente, se confía totalmente a ellos. Para Teresa, por tanto, la infancia espiritual es la experiencia viva del amor de Dios dentro de nuestras debilidades, y no sólo un vago sentimiento de paternidad divina. Por eso, para Teresa, más que a un Padre la respuesta del amor a Dios va en la línea del amor esponsal, un amor que se complace en hacer los pequeños detalles que pueden complacer a su amado. Este amor se ha de expresar con la sencillez y simplicidad, como lo hace un niño.

Así pues, la infancia espiritual en la mente de Teresa es conciencia de la acción amorosa de Dios, es conciencia de la propia nada; pero al mismo tiempo es convicción de poder colaborar, mediante el amor y la humildad, con la acción providente y eficaz de Dios que salva.

CAMINITO ESPIRITUAL

Cuando arriba apunté que la novedad de la espiritualidad de Santa Teresita consistía en comprender el valor que tiene la debilidad humana, en cuanto que ya no es un obstáculo sino un elemento necesario para la perfección, quería hacer clara referencia a lo que la misma santa llamó “caminito espiritual”.

“Usted sabe, madre, que siempre he deseado ser santa, pero ¡Ay!, siempre he constatado, cuando me he comparado con los santos, que entre ellos y yo existe la misma diferencia que hay entre una montaña, cuya cumbre se pierde en los cielos, y el grano de arena pisado por los pies del caminante… En lugar de descorazonarme me digo: Dios no me inspiraría deseos irrealizables; puedo por lo tanto, a pesar de mi pequeñez aspirar a la santidad; crecer me es imposible, debo soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones; pero quiero ir al cielo por un caminito muy derecho, muy corto, un caminito todo nuevo…” Y así santa Teresita nos lleva a concluir que es la pequeñez, la humildad, el abandono pleno en Dios, lo que lleva al hombre a la perfección. Porque no es la persona, por sus grandes esfuerzos, que logra la santidad, sino como dice la misma santa: “son tus brazos ¡Oh Jesús! Los que han de elevarme al cielo, por eso no tengo necesidad de crecer; al contrario, debo seguir siendo pequeña, serlo cada vez más”. ¡Un camino, en verdad sublime, y simple, que nos enseña esta Santa!

FRENTE AL HOMBRE EGÓLATRA

Sin duda que uno de los ejes centrales en la mentalidad del hombre moderno es su egocentrismo. El egoísmo individualista es la característica del hombre actual. La economía, la política, el arte y cualquier otra manifestación humana, promueven y exaltan la hegemonía del individualismo. Hay que aceptar, no obstante, que un sano reconocimiento de la individualidad y dignidad de la persona en su unicidad es siempre necesario, pues la masificación de la persona es indigna del ser humano. Pero lo malo es que se le dé al individuo una centralidad indiscriminada, que se exalte una enfermiza y desmedida egolatría. Las consecuencias se hacen sentir de inmediato, pues el “yo” solo, sin los “otros”, y peor aún, sin el “totalmente Otro”, se ahoga en sí mismo. La eterna insatisfacción del ego abandonado a sí mismo se vuelve insoportable, la soledad se vuelve la compañera eterna.

Es, pues, común encontrar en este tiempo a muchos hombres perdidos en su solitario e insatisfecho “yo”, buscando subterfugios, engañosas compensaciones y falsos escapes, mitigadores de su precaria condición.

A este hombre es que Santa Teresita le ofrece la “suprema humildad”. Que no es un descentrarse como persona, como individuo, sino concentrarse, es decir, ya no solitario en el centro, sino centrado en Dios; más aún, fundido en Dios. Es así que el hombre tendrá que desaparecer del centro –en eso consiste la humildad- para darle el lugar a Dios, pero no para perderse sino más bien para elevarse y encontrarse supremamente Él. La persona “fundida en Dios” se vuelve para este mundo en imagen perfecta de Dios, transparenta a Dios. De eso tiene plena conciencia Teresa: “Por eso no tengo necesidad de crecer, al contrario, debo seguir siendo pequeña, serlo cada vez más… me habéis instruido desde mi juventud y hasta el presente he cantado tus maravillas!!! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia y este puesto, ¡Oh, Dios mío! me lo habéis dado vos…en el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor… así lo seré todo!!!”

Es que si Dios es amor, quien está en Dios será en el mundo el amor. Para Teresa, esa comunión de amor se expresa o manifiesta en la plena confianza y abandono en Dios. Así que el afán egoísta no tendrá más lugar, y sólo así el hombre logrará su plenitud.

FRENTE LA MENTALIDAD SECULARISTA

Desde la Ilustración hasta hoy se ha impulsado un sistemático proceso desacralizador, a tal punto que ha llevado no pocos hombres a hablar de la “muerte de Dios”. No sólo se ha barrido con la mentalidad sacralizada de los tiempos de la cristiandad, sino que en estos tiempos se está intentando extirpar de la mente del hombre cualquier referencia a lo trascendente, o sea, extirpar al mismo Dios del corazón humano. Ciertamente la mesurada independencia de lo secular es en gran medida saludable para el espíritu del hombre; pues de lo contrario puede caerse en una malsana dependencia de lo mítico-mágico de las cosas, sacralizando la creación, y olvidando la saludable relación de amor que se entabla sólo con Dios.

Sin embargo, como todo extremo es pernicioso, quitar a Dios como punto de referencia, como principio y fin de la existencia del hombre, ha llevado a este mismo hombre a una desesperación espiritual inusitada. Así, tenemos hoy a un hombre vacío de Dios, pero al mismo tiempo desesperado por Dios. Las sectas a millares y las innumerables manifestaciones religiosas, son una clara expresión de esta realidad.

A este hombre desesperado y profundamente necesitado de Dios, que lo anda buscando por los caminos más remotos, es a quien Teresa le presenta su “caminito espiritual”. Teresa nos enseña que no es el hombre quien busca a Dios, es Dios quien busca al hombre, éste tan sólo debe dejarse encontrar. Por lo mismo, no es el hombre quien se hace santo, es Dios, el Santo, quien santifica al hombre. Por eso dice la santa que lo único coherente ante Dios es nuestra humildad y pequeñez, pues sólo en el humilde y pequeño Dios puede mostrar las maravillas y grandezas de su amor. Dejarse amar por Dios es el secreto, y amar al amor es la condición. Todo lo demás viene de Dios por pura gratuidad. Aunque el hombre no sea capaz de hacer las grandes hazañas de penitencia y ascesis, le basta con la entrega constante y fiel en las pequeñas e insignificantes cosas. “Porque quien no resiste los clavos –decía la santa- esté dispuesto a los alfilerazos de cada día”.

Así, pues, Teresa enseña al hombre de hoy a dejarse encontrar por Dios en lo cotidiano, en lo simple y pequeño. No en lo pomposo y superfluo, o en lo extravagante. Tan sólo hay que ser fieles en lo pequeño, porque en la fidelidad y constancia está la perfección. Así fue Teresa de simple, así es su camino. Así podemos ser nosotros.

1 comentario:

  1. Una propuesta realmente interesante, que permite descubrir quienes somos realmente ante Dios: pequeños en sus manos, llamados a santificarnos cada día en las cosas cotidianas y pequeñas. Gracias por tu reflexión... Rafael

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