¿Pueden los cristianos meterse en política?
Pbro. Ramón O. Lara
Para tratar de responder a esa cuestionante sobre el quehacer político de los cristianos, invito a los amables lectores a hacer un recorrido comprensivo sobre los conceptos fe, política e iglesia. Ya que muchas veces por la escasa comprensión de estas tres realidades se cae en una errónea visión, ya sea de la política o ya sea de la dimensión política de la fe historizada en la Iglesia. Además, propongo esta reflexión a raíz del nuevo contexto político que en estos días está reprendiendo nuestro querido país con la asunción de un nuevo gobierno.
FE
“¿Qué tiene que ver la fe con la política?!!!” Se preguntan escandalizadas muchas personas. Otras afirman: “La política no tiene nada que ver con la religión”, “la Iglesia tiene que hablar de las cosas de Dios…no tiene nada que ver con la tierra”, “Cuando voy a la Iglesia quiero que me hablen de la Palabra de Dios, no de las cosas de la tierra”, “cuando voy a la iglesia voy a escuchar la palabra de Dios, que no me hablen de política, que no me hablen de la injusticia social, porque eso ya riñe…es bonito ir a una prédica donde sólo te hablen de la Palabra”. Las anteriores afirmaciones fueron emitidas por ciertos ciudadanos y publicadas por un periódico digital salvadoreño hace algunos meses dentro del contexto eleccionario recién pasado.
Obviamente que este tipo de pensamiento es muy generalizado, pero también es un pensar ingenuo y a la postre peligroso. Ingenuo porque no tiene un fundamento claro sobre lo que es la fe y sobre lo que es la política, más bien tiene a la base el prejuicio popular que dice: “toda la política es sucia”. Es una mentalidad peligrosa porque coarta la capacidad de incidencia que debe tener la ciudadanía en su compromiso político para alcanzar la verdadera democracia, que tanto necesita nuestra querida nación. Sin la masiva participación política de la ciudadanía no se alcanza la democracia. Por eso debemos ver y proponer la política positivamente: “la política es virtud”, afirmaba Aristóteles.
Pero ¿Qué es la fe? Es la pregunta que debemos responder. Escuetamente podemos decir que es un don y una respuesta. Es un don de Dios, pues la fe nos ha sido dada como un regalo desde el momento de nuestro bautismo. También podemos decir que es la invitación que Dios nos hace para conocerle, amarle y servirle en esta tierra, de tal modo que nuestra vida se configure a la vida de Cristo mediante la acción del Espíritu Santo, en un movimiento de perfección hacia la plenitud o salvación eterna. Por eso es que la fe es una respuesta: nuestra respuesta a esa invitación de Dios. Si no hay respuesta no hay salvación. Con razón San Pablo afirmaba que “la fe salva” (Rm 3,28). Pero la fe es una respuesta que debe tener una manifestación concreta, puesto que a Dios no se le responde con ideas o vacíos sentimientos (para muchos la fe sólo es doctrina o conceptos y emociones). Nuestra respuesta de fe a Dios se concretiza en el amor: “quien no ama miente si dice que conoce a Dios (o si dice que cree)” (1Jn 4,8) afirma san Juan; por su parte Santiago exclama: “muéstrame la fe sin las obras del amor y yo, por medio de las obras del amor, te mostraré mi fe…porque la fe si no tiene tales obras, está realmente muerta” (Stg 2,18).
Fe y amor son indisociables. Desde esa indisolubilidad es que podemos comprender la dimensión política de la fe. Pero antes analicemos lo que es la política.
POLÍTICA
Entre ver la política como “sucia/cochina” y verla como “virtud” hay una diametral distancia. Pero si a la raíz del quehacer político ponemos el imperativo del amor entonces la esencia misma de la política cambia: la política se convierte en el esfuerzo común para construir “la civilización del amor”. Justamente por eso es que con Aristóteles podemos definir la política como una virtud, pues está íntimamente ligada a la virtud teologal del amor. Todo esfuerzo, todo servicio (se dice que la política es servicio), toda iniciativa pública, debe tener como horizonte común un nuevo orden social fundamentado en el amor, lo que a su vez deberá tener como principios cardinales: la dignidad de la persona, el bien común, el respeto a la vida, la solidaridad, la subsidiariedad, la participación, entre otros.
Evidentemente que si vemos la política como una concreción histórica del amor, podemos comprender las palabras de Tomás Moro (patrono de los políticos): “El hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral”. El problema actual es que los que hacen política han pervertido y corrompido la esencia de la Política. Además, el trabajo político se ha relegado a unos pocos, y la ciudadanía se desinteresa totalmente de esa su tarea. Los que ejercen el trabajo de la administración pública ciertamente deben ser pocos. Pero la Política no se reduce a la sola administración del aparato gubernamental. La Política involucra todas las dimensiones de la existencia humana, por eso es un trabajo que no se puede dejar sólo en manos de los que tradicionalmente se les llama “políticos”. De ahí que las palabras de Tomás Moro reclaman y evidencian el papel y la misión de los cristianos en el campo político: formar las conciencias de los ciudadanos bajo los principios de la moral cristiana, o sea, formar una conciencia guiada por el amor.
LA IGLESIA
La Iglesia es la asamblea de los convocados por Dios, los cuales a su vez han respondido a esa llamada divina: es “la gente de fe”. Casi siempre cuando se habla de Iglesia se tiene la idea de sólo la estructura eclesiástica (su jerarquía o sus ministros) o su institucionalidad (diócesis, discasterios, Santa Sede). Pero la Iglesia se hace también presente en cada uno de los bautizados donde quiera éstos se encuentren. En este sentido, cada persona de fe, como Iglesia, debe dar su propia contribución en ese esfuerzo por construir la civilización del amor (Política), sea en el ámbito domiciliar, municipal o nacional. Hacer que la “polis” ( πολις= realidad pública “res publica” = ciudad) se convierta en un lugar digno para la vida de cada ciudadano es un deber moral, tal y como lo concebía Tomás Moro. Debido a ese imperativo moral es que ningún ciudadano, mucho menos si es creyente, puede desasirse de su competencia política. Al respecto, el documento sobre la participación política de los católicos que emitió la Congregación para la doctrina de la fe puntualiza: “La vida en un sistema político democrático no podría desarrollarse provechosamente sin la activa, responsable y generosa participación de TODOS, si bien con diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades”. Subrayamos “todos” porque con ello el magisterio de la Iglesia nos invita a tomar con mucha responsabilidad el trabajo político sin excepción alguna.
Podemos ver con obviedad que no existe conflicto ni oposición entre la fe y la política, entre la Iglesia y el quehacer político. Al contrario, podemos ver que existe una mutua interacción y necesaria complementariedad. Si la fe no se vuelve un serio y responsable compromiso político (construir la civilización del amor), no es verdadera fe. Si la Iglesia –que somos todos los bautizados– no colabora en esa tarea, olvida su principal misión; puesto que “la obra de la salvación aparece indisolublemente ligada a la labor de mejorar y elevar las condiciones de la vida humana en este mundo”, para lo cual existe la Iglesia. Por eso a la pregunta con la cual se ha subtitulado este articulejo no sólo se responde afirmativamente, sino imperativamente: el cristiano no sólo puede, sino que debe comprometerse en el campo de la política, es decir, debe siempre estar dispuesto a construir la civilización del amor, a construir el Reino de Dios en medio de este mundo. De lo contrario corre el riesgo de estar realizando un seguimiento de Cristo poco auténtico o poco maduro.
Es que no somos islas, estamos inexorablemente vinculados con los demás, somos parte de la “polis”, somos seres, aunque no lo queramos, constitutivamente políticos. Por eso, en esta nueva etapa política nacional debemos tomar en serio nuestro rol y compromiso político común. La política es una realidad tan delicada y frágil que no se puede dejar sólo en manos de los llamados “políticos”, que en el caso salvadoreño más que políticos son politiqueros. Si el pueblo en general no toma en serio su misión y compromiso político, muy difícilmente saldremos de nuestro subdesarrollo y de nuestras múltiples dificultades que por demasiado tiempo estamos arrastramos como nación.
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