Pbro. Ramón O. Lara
El siguiente cuento que comparto con ustedes, amables lectores, lo escribí el año pasado. Lo escribí para ejercitarme en este tipo de letras. El argumento lo tomé a raíz de un diálogo con alguien muy especial para mí. Ese diálogo, como muchos otros que he tenido con este personaje, me impresionó muchísimo. Los consejos y la historia que me contó quedaron muy guardados en mi mente. Lo escribí también a partir de la realidad materialista, frívola, y por qué no decirlo, asfixiantemente triste que estoy palpando en esta mi estancia por el viejo mundo: un mundo económicamente rico pero existencialmente triste. Debo decir también que el argumento del cuento no es para nada original, aunque lo de la falta de originalidad me di cuenta sólo hasta mucho tiempo después de escribirlo. Confieso que soy un redondo ignorante en cuanto la literatura universal, pues cuando lo escribí en mi opinión el argumento era muy original, aunque después pude descubrir que ya lo había escrito el gran novelista ruso León Tolstói hace más de cien años. Reconozco, igualmente, que la forma del cuento es casi calcada del de Tolstói; sin embargo, el fondo, humildemente lo digo, es cosecha propia.
¿Por qué lo comparto con ustedes dentro del contexto de un homenaje a los padres? Bueno, es obvio que el día del padre se avecina. Ahora bien, el personaje al que he mencionado arriba se trata justamente de mi querido papá. Y, pues, les comparto esta aventura familiar por si a algunos les resulte edificante. Ya que después de ver la falta de originalidad del cuento, no me quedó más que recoger el maravilloso fruto del contexto en el que mi padre me contó su historia. Brevemente se las comparto:
Era un día de finales de invierno, en torno a la fecha del día de los difuntos. Con mi padre fuimos al cementerio a visitar la tumba de los papás de él (mis abuelos). No me recuerdo exactamente sobre todos los temas que platicamos aquella mañana, pero sí me recuerdo que entre otras cosas hablamos sobre el significado de la vida, sobre las metas e ilusiones que todos los seres humanos tenemos. Claro que en medio de las tumbas son esos los temas que afloran y llaman a la meditación. También fue en torno a esos temas que él me habló de sus múltiples experiencias, me compartió sus sencillos pero profundos consejos, y para cerrar con broche de oro me contó esa pequeña historia. No sé donde la pudo haber escuchado. Estoy seguro que él no sabía quien la había escrito. Muy posiblemente la había escuchado en las interesantes historias que trasmitía un antiguo programa radial llamado “escuela para todos”.
A varios años de haber escuchado esas palabras salidas del corazón de un padre que quiere iluminar el camino de su hijo, las tales han resonado en mi mente al encontrarme en esta realidad tan distante a mis raíces y de mis seres más queridos. Tales palabras son para mí luces fulgurantes que iluminan mis pasos. Y por eso las comparto con ustedes, queridos amigos, como un homenaje a los padres que, como el mío, siempre tienen una palabra de aliento y de luz para sus hijos. Honor a nuestros padres, que ejercitan en esta tierra algo tan divino: la paternidad. La paternidad es de Dios, Él es el gran “Padre nuestro”, y ojalá que todos los papás ejercitaran su paternidad bajo la mirada de Dios. Obviamente que en un homenaje a los padres surge espontáneamente una profunda súplica al buen Dios, pidiendo por todos los papás desnaturalizados, por los que sólo engendran y nunca llegan a ser papás. Por ellos nuestra oración. Por los demás, por los verdaderos papás, los vivos y los que están en el cielo, nuestra gratitud y admiración.
LA CAMISA DEL HOMBRE MÁS FELIZ DEL MUNDO
(Cuento corto)
Por:
Pbro. Ramón O. Lara Palma.
León Tolstói (adaptado).
Allá por la antigua y lejana Persia vivía un poderoso rey, que a pesar de su riqueza y poder vivía profundamente triste y amargado. Cierto día, el más sabio consejero advirtió al rey que uno de los magos reales había recibido un augurio en sueño indicando que si el rey vestía por un día el traje del hombre más feliz de su reino su majestad llegaría a ser feliz también.
Ni tardo ni perezoso, el rey hizo una lista de personajes a los que les mandó una carta solicitándoles que por favor le enviaran uno de sus trajes de gala. La lista comenzó con el traje del general del ejército, un hombre muy poderoso. Dijo el rey, seguro que este traje es el que me traerá la felicidad. Sin embargo no fue así, por el contrario lo sintió tan incomodo y pesado que no lo pudo soportar mucho tiempo. Siguió con el traje del banquero, prestamista y mercader del reino. Peor aún, con ese traje sintió que nada le cubría, todas sus vergüenzas eran vistas por todos. Decidió ponerse el traje del artista más famoso de su reino, pensando que ese si era el hombre más feliz del reino. Sin embargo, lo sintió muy flojo e incómodo y en nada le ayudó a sentirse feliz. Por último se midió el traje del científico del reino, un hombre muy inteligente y erudito, pero aunque lo sintió cómodo, no lo hizo sentirse realmente feliz. ¿Pero cómo, se preguntó el rey, entonces ni el poder, ni la riqueza, el arte ni la ciencia han hecho felices a estos hombres? ¿Donde, pues, podré encontrar al hombre más feliz de mi reino?
Con mucho enfado hizo un decreto en el que se prescribía hacer una búsqueda minuciosa en todo el reino para encontrar a las personas que tuvieran fama de ser felices. Que al encontrar esas personas se les pidiera uno de sus trajes para prestárselo por un día al rey. Salieron los mensajeros y soldados para ejecutar aquel mandato. Encontraron a muchas personas que eran felices y con gusto entregaron sus trajes al rey. El rey se los midió y muchos de los trajes le quedaban muy bien, lo hacían sentir feliz, sobre todo aquellos que se miraban más sencillos, de gente humilde, de trabajadores, buenos padres de familia, etc. Pero algo faltaba, la felicidad le duraba muy poco. Eso quería decir que entre esas personas no estaba el hombre más feliz del reino, pues el conjuro mágico afirmaba que si el traje del hombre más feliz era calzado por el rey, este le atraería la permanente y plena felicidad.
Con todo esto, el rey se enfureció más y mandó llamar a sus mensajeros y soldados para advertirles que no habían cumplido completamente su misión, pues no habían encontrado al hombre más feliz de su reino. Uno de sus mensajeros, un poco cabizbajo, se atrevió a responder:
- Su majestad, supimos de un hombre que vive en una de las aldeas más lejanas de tu reino y que según parece es el hombre más feliz de esta tierra. Le mandamos a pedir su traje y nos respondió que no podía mandarlo. Le volvimos a llamar y exigir que nos enviara su traje o por lo menos su camisa, pero de igual manera se excusó y no la mandó.
Completamente furioso el rey ordenó traer inmediatamente ante su presencia a ese hombre para que personalmente le explicara su negativa, y sobre todo para exigirle su traje.
Muy temprano del siguiente día los soldados regresaron con aquel hombre, quien con una gran sonrisa y profunda serenidad saludó al rey. Al verlo el rey quedó confundido y no sabía cómo reaccionar. Lo primero que se le ocurrió fue preguntarle porqué no le había prestado su traje, si era el mismo rey quien se lo ordenaba. Aquel hombre, con una sonrisa muy amable y un tono comprensivo le advirtió al rey:
- Su majestad, como usted puede ver, la razón por la que no le envíe mi traje es muy sencilla: no tengo traje, no tengo ni siquiera una camisa.
- ¿Pero cómo, le preguntó extrañado el rey, cómo puedes ser feliz si ni siquiera tienes ropa con que cubrirte?!!
- Su majestad, replicó el hombre, quizá el secreto de la felicidad no radica en las posesión de cosas materiales, en los distintos y lujosos trajes con que podamos revestir nuestro cuerpo, sino en el traje con que está revestido nuestro corazón. Quizá si su majestad revistiese su corazón de más bondad, de mayor comprensión, de paciencia, de firme esperanza y de profunda fe en Dios, estoy seguro que su vida llegará a ser plenamente feliz. Quizá sea por eso que yo ni siquiera necesito una camisa o traje para cubrirme y ser feliz. Para ser feliz, su majestad, usted no necesita revestirse de poder, dinero, ciencia, ni siquiera de la grandiosidad y la belleza del arte. Necesita, más bien, un corazón lleno de amor, firme esperanza y sólida fe; este es el camino seguro para alcanzar la plena felicidad en esta tierra. Inténtelo y verá los resultados.
Y a partir de esa fecha, su majestad decidió siempre ataviarse con tales virtudes que vienen de lo alto y, sin lugar a dudas, comenzó a experimentar día con día una más profunda y creciente felicidad. Todo el reino disfrutaba de mucha tranquilidad y paz, pues su rey se había convertido en una verdadera inspiración para sus súbditos. Y colorín colorado...
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