
El sufrimiento del justo
Pbro. Ramón O. Lara Palma
Continuación...
Estamos llegando al final de este intento reflexivo que ha buscado responder a las inquietudes planteadas desde los primeros párrafos: el dolor y muerte del justo. Esta pregunta siempre ha resonado en la mente y el corazón de los hombres a lo largo de la historia: ¿Por qué sufre el justo y el hombre bueno? y ¿Por qué parece que al malvado le va bien?
Siempre es necesario recurrir y recordar la división del mal que hemos analizado anteriormente: el mal que nace del mismo actuar del hombre (mal moral) y el mal físico u ontológico, que surge por la fragilidad de la condición humana. Estos males existen, ocasionan mucho dolor y sufrimiento, y se recargan sobre cualquiera, sin ninguna distinción. Las razones teológicas y filosóficas de la existencia de estos males las hemos intentado zanjear en las anteriores partes de esta reflexión. Sin embargo, el hecho de que sea el justo y bueno el que sea víctima de estos males es lo que escandaliza: ¿Por qué es el bueno el que debe ser oprimido, por qué el justo debe sufrir las catástrofes? Nos toca ahora dilucidar el sentido del “dolor sin sentido”, del “sufrimiento injusto”.
Analicemos primero el concepto “retribución”, para poder entendernos. Este concepto tiene que ver con la idea que también se tenga de Dios. Si se ve a Dios como un juez que debe retribuir a cada quien lo que se merece, entonces es obvio que se le reclame cuando esa retribución no es dada justamente. En este caso se entiende que el malvado debe recibir siempre su castigo y el justo su premio. Según esta mentalidad, hay un “sufrimiento justo” y por lo mismo uno “injusto”. El Antiguo Testamento abunda en este modo de pensar. Pero vino la plenitud de los tiempos y el enviado de Dios, Jesucristo, vino a “perfeccionar la ley y los profetas, a darle pleno sentido” (Mt 5,17).
Por eso, si nos centramos en la visión cristiana de Dios recordaremos que “Dios hace salir el sol y manda la lluvia sobre malos y buenos” (Mt 5,45). Es que para Dios no hay distinción de categorías entre bueno y malo. Es más, el primero que recibe “la lluvia y la luz del sol” (la bendición de Dios) es el “malo”, pues es a éste a quien Dios quiere rescatar. El bueno ya está bendecido por su bondad. En cambio el malvado sufre en la oscuridad de su maldad.
Claro que entre el hombre bueno y el hombre malo está el “presuntuoso”, que somos la mayoría, quienes en nuestra limitada y a veces fingida bondad nos presentamos ante Dios como dignos de toda retribución. Presumir y ostentar la bondad es nuestro mayor defecto. Creer que somos los primeros en merecer todos los favores de Dios, nuestro mayor pecado. El bueno, el verdaderamente justo, no se pone a medir su retribución. Al contrario, el hombre verdaderamente justo y bueno se preocupa y trabaja para que el malvado se “convierta y viva”.
La hermosa parábola del “Padre misericordioso, el hijo presuntuoso y el hijo perdido” (Lc 15,11ss.) ilumina con claridad lo que estamos diciendo. Recordemos las palabras del hijo presuntuoso: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!”. Los ojos del padre ven en modo diferente al “hijo perdido” de cómo lo ve ese “hijo cumplidor”, quien cree merecer todo y no dar nada al hermano perdido. “Ese hijo tuyo” dice. Ya no es el hermano, es sólo hijo del papá. A veces nuestra presunción de justos corta las relaciones fraternas que debemos establecer con todos. Por supuesto que ante la “contumacia” o repetición del mismo pecado por parte del “hermano”, no la debemos tolerar. No estamos diciendo que debemos aguantar todas las maldades que el malvado quiera descargar sobre nosotros. Ante eso entra el tema de la justicia. Pero eso es otro tema del que podemos ocuparnos en otro momento.
Lo que sí podemos estar claros es que el Buen Padre no quiere que ninguno de sus hijos sufra. Y goza, hace fiesta, cuando el hijo perdido regresa. Pero hay una cruda realidad: muchos de sus hijos, particularmente sus buenos hijos, sufren, y mucho. Cuando ese sufrimiento es injustamente cargado sobre las espaldas de los buenos hijos, el Buen Padre no los abandona: “te basta mi gracia” (2Cor 12,9), les confirma. Además, cuando un hijo suyo sufre, no es que le agrade ese sufrimiento, como durante mucho tiempo se enseñó: “A Dios le agradan nuestros sufrimientos”, “Dios recibe nuestros sufrimientos como ofrenda agradable”, ¡No! Dios es eterna e infinitamente justo. Si Dios permite el sufrimiento del justo es porque espera que sus hijos justos le sean sólo fieles. Efectivamente Dios quiere ser respondido en amor, libre y desinteresado, como lo es el suyo. Para responder con amor libre al amor de Dios requiere, sí, la fidelidad, lo cual implica siempre algún tipo de sufrimiento.
En toda esa trama de amor/dolor en la que nos hemos adentrado en estas reflexiones, hemos podido ver que la verdadera identidad de Dios es una y única: Amor. Todo gira en torno a esa verdad. Por eso, en cada uno de los ángulos desde los cuales hemos analizado el mal (dolor y muerte) se vislumbra un haz de luz que resplandece en medio de la oscuridad del mal: Dios no está lejos del dolor, frente a Dios el mal no existe, y toda experiencia de mal que se pueda tener (a causa de los distintos motivos que ya hemos analizado) tiene un nuevo sabor y color con el amor infinito de Dios.
Y Dios, que es amor infinito, no se queda a distancia de su creatura. Quiso hacerse semejante en todo a ella, quiso compartir su mismo destino. Por eso se encarnó, “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,7). “Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados” (Heb 2,18). De este modo el mismo Dios se presentaba como el camino a seguir, la vía justa por la cual transitar (“Yo soy el camino, la verdad y la vida”). Sometiéndose en todo a la condición humana, enseñó a mantenerse fiel a esa condición, es decir, a no cometer el pecado, pues el pecado es “no humano”, más bien “deshumaniza”.
Por mantenerse fiel a lo verdaderamente humano se enfrentó a lo deshumano (pecado del mundo, mal moral, maligno, o como se le quiera llamar). Por mantenerse firme en esa fidelidad fue conducido hasta el extremo de lo deshumanizante: la muerte más cruel y el sufrimiento más atroz conocido hasta ese momento (la crucifixión). Efectivamente se convirtió en “el cordero que carga con el pecado del mundo” (Jn 1,29). ¿Quería Dios Padre ese final para el Hijo? ¡No! Sólo que era un final inevitable. La gravedad del pecado era grande. Como Hijo eterno encarnado tuvo que afrontar fielmente, pero con profunda serenidad y entereza ese destino: “no me quitan la vida, yo la doy” (Jn 10,18), “Padre, que se haga tu voluntad” (Mt 26, 42). El mismo Dios encarnado se convirtió en el modelo, prototipo, del justo que asume el dolor y la muerte para rescatar al injusto.
Por eso, los que se unen al Espíritu de Jesús, y viven de Él y para Él, el morir y sufrir injustamente se convierte en camino de redención para otros. No porque el Buen Padre quiera ese sufrimiento y esa muerte, sino que si hay que pagar ese precio por mantenerse fieles al amor, el Buen Dios recibe con benevolencia esa fidelidad. Por eso la muerte del justo jamás es en vano. La sangre del mártir es semilla de humanidad verdadera. ¿Es necesario que hayan esos mártires? Mientras haya maldad y pecado en el mundo los habrá. Pero con el gran “Testigo”, Jesús, ya inició la renovación total del mundo, de todo lo creado: “mira que hago un mundo nuevo” (Ap 21,5)… “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva - porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mal no existe ya” (Ap 21,1). Con Jesús podemos experimentar la muerte física como lo que es: un paso natural; podemos afrontar con serenidad y fortaleza nuestra frágil condición humana, que ante las fuerzas de la naturaleza languidece; podemos emprender el camino verdadero que conduce a la vida plena porque el mal moral (el pecado) ya fue vencido y superado, pues él es la luz que nos ilumina para poder siempre elegir el Amor (Dios).
Por lo demás, no es que el malvado le vaya bien. Aparenta en su exterior vivir bien, pero en su interior, como dice el proverbio, “solo hay podredumbre y oscuridad” (Prov 4,19). No podemos desear la suerte del malvado, porque el que “camina por la senda de la injusticia acaba mal”. Muchas veces lo que sucede es que el que lucha por vivir rectamente se deja engañar por la apariencia de la vida del malvado. Y seducido por esa apariencia, el hombre bueno muchas veces sucumbe ante la oferta del mal y del pecado. Pero el pecado siempre cobra su precio, no hay que olvidarse de ello.
En fin, hay también un tipo de sufrimiento que padece el hombre bueno que tiene su origen no en el pecado personal, ni en las injusticias de los demás, ni en el efecto de nuestra condición frágil ante la naturaleza, sino que tiene su raíz en la misma mente del hombre, en nuestra frágil vida interior. Es el sufrimiento psicológico, muy común en nuestro tiempo, que se caracteriza por el descontrol de las emociones, las preocupaciones, las ansiedades, las angustias, los temores, las inseguridades y traumas sicológicos, etc., etc. Hoy más que nunca se sufre, y mucho, a causa de estas experiencias tan profundamente humanas. Pero eso es otra temática que es necesario tratar a parte.
Siempre es necesario recurrir y recordar la división del mal que hemos analizado anteriormente: el mal que nace del mismo actuar del hombre (mal moral) y el mal físico u ontológico, que surge por la fragilidad de la condición humana. Estos males existen, ocasionan mucho dolor y sufrimiento, y se recargan sobre cualquiera, sin ninguna distinción. Las razones teológicas y filosóficas de la existencia de estos males las hemos intentado zanjear en las anteriores partes de esta reflexión. Sin embargo, el hecho de que sea el justo y bueno el que sea víctima de estos males es lo que escandaliza: ¿Por qué es el bueno el que debe ser oprimido, por qué el justo debe sufrir las catástrofes? Nos toca ahora dilucidar el sentido del “dolor sin sentido”, del “sufrimiento injusto”.
Analicemos primero el concepto “retribución”, para poder entendernos. Este concepto tiene que ver con la idea que también se tenga de Dios. Si se ve a Dios como un juez que debe retribuir a cada quien lo que se merece, entonces es obvio que se le reclame cuando esa retribución no es dada justamente. En este caso se entiende que el malvado debe recibir siempre su castigo y el justo su premio. Según esta mentalidad, hay un “sufrimiento justo” y por lo mismo uno “injusto”. El Antiguo Testamento abunda en este modo de pensar. Pero vino la plenitud de los tiempos y el enviado de Dios, Jesucristo, vino a “perfeccionar la ley y los profetas, a darle pleno sentido” (Mt 5,17).
Por eso, si nos centramos en la visión cristiana de Dios recordaremos que “Dios hace salir el sol y manda la lluvia sobre malos y buenos” (Mt 5,45). Es que para Dios no hay distinción de categorías entre bueno y malo. Es más, el primero que recibe “la lluvia y la luz del sol” (la bendición de Dios) es el “malo”, pues es a éste a quien Dios quiere rescatar. El bueno ya está bendecido por su bondad. En cambio el malvado sufre en la oscuridad de su maldad.
Claro que entre el hombre bueno y el hombre malo está el “presuntuoso”, que somos la mayoría, quienes en nuestra limitada y a veces fingida bondad nos presentamos ante Dios como dignos de toda retribución. Presumir y ostentar la bondad es nuestro mayor defecto. Creer que somos los primeros en merecer todos los favores de Dios, nuestro mayor pecado. El bueno, el verdaderamente justo, no se pone a medir su retribución. Al contrario, el hombre verdaderamente justo y bueno se preocupa y trabaja para que el malvado se “convierta y viva”.
La hermosa parábola del “Padre misericordioso, el hijo presuntuoso y el hijo perdido” (Lc 15,11ss.) ilumina con claridad lo que estamos diciendo. Recordemos las palabras del hijo presuntuoso: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!”. Los ojos del padre ven en modo diferente al “hijo perdido” de cómo lo ve ese “hijo cumplidor”, quien cree merecer todo y no dar nada al hermano perdido. “Ese hijo tuyo” dice. Ya no es el hermano, es sólo hijo del papá. A veces nuestra presunción de justos corta las relaciones fraternas que debemos establecer con todos. Por supuesto que ante la “contumacia” o repetición del mismo pecado por parte del “hermano”, no la debemos tolerar. No estamos diciendo que debemos aguantar todas las maldades que el malvado quiera descargar sobre nosotros. Ante eso entra el tema de la justicia. Pero eso es otro tema del que podemos ocuparnos en otro momento.
Lo que sí podemos estar claros es que el Buen Padre no quiere que ninguno de sus hijos sufra. Y goza, hace fiesta, cuando el hijo perdido regresa. Pero hay una cruda realidad: muchos de sus hijos, particularmente sus buenos hijos, sufren, y mucho. Cuando ese sufrimiento es injustamente cargado sobre las espaldas de los buenos hijos, el Buen Padre no los abandona: “te basta mi gracia” (2Cor 12,9), les confirma. Además, cuando un hijo suyo sufre, no es que le agrade ese sufrimiento, como durante mucho tiempo se enseñó: “A Dios le agradan nuestros sufrimientos”, “Dios recibe nuestros sufrimientos como ofrenda agradable”, ¡No! Dios es eterna e infinitamente justo. Si Dios permite el sufrimiento del justo es porque espera que sus hijos justos le sean sólo fieles. Efectivamente Dios quiere ser respondido en amor, libre y desinteresado, como lo es el suyo. Para responder con amor libre al amor de Dios requiere, sí, la fidelidad, lo cual implica siempre algún tipo de sufrimiento.
En toda esa trama de amor/dolor en la que nos hemos adentrado en estas reflexiones, hemos podido ver que la verdadera identidad de Dios es una y única: Amor. Todo gira en torno a esa verdad. Por eso, en cada uno de los ángulos desde los cuales hemos analizado el mal (dolor y muerte) se vislumbra un haz de luz que resplandece en medio de la oscuridad del mal: Dios no está lejos del dolor, frente a Dios el mal no existe, y toda experiencia de mal que se pueda tener (a causa de los distintos motivos que ya hemos analizado) tiene un nuevo sabor y color con el amor infinito de Dios.
Y Dios, que es amor infinito, no se queda a distancia de su creatura. Quiso hacerse semejante en todo a ella, quiso compartir su mismo destino. Por eso se encarnó, “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,7). “Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados” (Heb 2,18). De este modo el mismo Dios se presentaba como el camino a seguir, la vía justa por la cual transitar (“Yo soy el camino, la verdad y la vida”). Sometiéndose en todo a la condición humana, enseñó a mantenerse fiel a esa condición, es decir, a no cometer el pecado, pues el pecado es “no humano”, más bien “deshumaniza”.
Por mantenerse fiel a lo verdaderamente humano se enfrentó a lo deshumano (pecado del mundo, mal moral, maligno, o como se le quiera llamar). Por mantenerse firme en esa fidelidad fue conducido hasta el extremo de lo deshumanizante: la muerte más cruel y el sufrimiento más atroz conocido hasta ese momento (la crucifixión). Efectivamente se convirtió en “el cordero que carga con el pecado del mundo” (Jn 1,29). ¿Quería Dios Padre ese final para el Hijo? ¡No! Sólo que era un final inevitable. La gravedad del pecado era grande. Como Hijo eterno encarnado tuvo que afrontar fielmente, pero con profunda serenidad y entereza ese destino: “no me quitan la vida, yo la doy” (Jn 10,18), “Padre, que se haga tu voluntad” (Mt 26, 42). El mismo Dios encarnado se convirtió en el modelo, prototipo, del justo que asume el dolor y la muerte para rescatar al injusto.
Por eso, los que se unen al Espíritu de Jesús, y viven de Él y para Él, el morir y sufrir injustamente se convierte en camino de redención para otros. No porque el Buen Padre quiera ese sufrimiento y esa muerte, sino que si hay que pagar ese precio por mantenerse fieles al amor, el Buen Dios recibe con benevolencia esa fidelidad. Por eso la muerte del justo jamás es en vano. La sangre del mártir es semilla de humanidad verdadera. ¿Es necesario que hayan esos mártires? Mientras haya maldad y pecado en el mundo los habrá. Pero con el gran “Testigo”, Jesús, ya inició la renovación total del mundo, de todo lo creado: “mira que hago un mundo nuevo” (Ap 21,5)… “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva - porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mal no existe ya” (Ap 21,1). Con Jesús podemos experimentar la muerte física como lo que es: un paso natural; podemos afrontar con serenidad y fortaleza nuestra frágil condición humana, que ante las fuerzas de la naturaleza languidece; podemos emprender el camino verdadero que conduce a la vida plena porque el mal moral (el pecado) ya fue vencido y superado, pues él es la luz que nos ilumina para poder siempre elegir el Amor (Dios).
Por lo demás, no es que el malvado le vaya bien. Aparenta en su exterior vivir bien, pero en su interior, como dice el proverbio, “solo hay podredumbre y oscuridad” (Prov 4,19). No podemos desear la suerte del malvado, porque el que “camina por la senda de la injusticia acaba mal”. Muchas veces lo que sucede es que el que lucha por vivir rectamente se deja engañar por la apariencia de la vida del malvado. Y seducido por esa apariencia, el hombre bueno muchas veces sucumbe ante la oferta del mal y del pecado. Pero el pecado siempre cobra su precio, no hay que olvidarse de ello.
En fin, hay también un tipo de sufrimiento que padece el hombre bueno que tiene su origen no en el pecado personal, ni en las injusticias de los demás, ni en el efecto de nuestra condición frágil ante la naturaleza, sino que tiene su raíz en la misma mente del hombre, en nuestra frágil vida interior. Es el sufrimiento psicológico, muy común en nuestro tiempo, que se caracteriza por el descontrol de las emociones, las preocupaciones, las ansiedades, las angustias, los temores, las inseguridades y traumas sicológicos, etc., etc. Hoy más que nunca se sufre, y mucho, a causa de estas experiencias tan profundamente humanas. Pero eso es otra temática que es necesario tratar a parte.
Gracias por tratar de explicarnos muy bien
ResponderEliminareltema la muerte, el dolor y el sufrimiento, me quedaron bien claros, yo me habia hecho esa pregunga el por que el hombre bueno es el que sufre mas y el malo se ve que es feliz, pero en realidad solo es apariciencia.