
Pbro. Ramón O. Lara
Es mediodía y el sol arde como en pleno verano. Parece que hay una heliostática luminosidad en la catedral del “calcio”: el Olímpico de Roma. Las calles y avenidas romanas se han convertido en hileras azul grana y rojo diabólico. Pocas veces se ve en la vetusta Roma una vitalidad tal: ¡Olé, olé, olé, olé, Baça, Baça!
Impulsado por tanta euforia me dirijo al Olímpico. Aquello es una verdadera fiesta; más que fiesta: bacanal. Sin embargo, pude ver que unas camisetas con determinados colores convierten a los presentes en una verdadera koinonía: “no hay ya distinción de raza, lengua, pueblo o nación”. Un mexicano, un africano, un catalán, un coreano, un romano, todos forman un mismo cuerpo, y se sienten un solo ser en torno a su equipo: la camiseta y sus colores los unen como “la vid une los sarmientos”.
Me da envidia ver aquella fiesta: una verdadera liturgia (si tomamos en cuenta que el singificado etimológico de liturgia es “participación activa del pueblo en un acto público”). Las familias completas, desde el abuelo hasta el lactante, están reunidas esperando entrar al “santuario”. La devoción se puede tocar. ¡Cuánto han cambiados los tiempos! En el fondo me hice esta pregunta: ¿Tendrán mis hermanos cristianos la misma euforia por ir a la liturgia dominical como la tienen estos aficionados respecto a sus equipos? ¡Qué envida! ¡Pues siendo realista, la respuesta es un rotundo NO! ¡Cuánto debemos aprender de las nuevas liturgias!
Confieso que me sentí muy tentado en querer entrar para formar parte de esa gran asamblea. Sólo que había un pequeñísimo inconveniente: ¡600 a 1200 euros! ¡Nada más! Mi corrosiva envidia me invadió aún más. Doy la vuelta y sigo pensando en mis adentros: ¿Por qué los que somos miembros del equipo de Jesús no logramos entusiasmar como lo hacen Messi, Eto´o, Cristiano Ronaldo entre otros?
Es mediodía y el sol arde como en pleno verano. Parece que hay una heliostática luminosidad en la catedral del “calcio”: el Olímpico de Roma. Las calles y avenidas romanas se han convertido en hileras azul grana y rojo diabólico. Pocas veces se ve en la vetusta Roma una vitalidad tal: ¡Olé, olé, olé, olé, Baça, Baça!
Impulsado por tanta euforia me dirijo al Olímpico. Aquello es una verdadera fiesta; más que fiesta: bacanal. Sin embargo, pude ver que unas camisetas con determinados colores convierten a los presentes en una verdadera koinonía: “no hay ya distinción de raza, lengua, pueblo o nación”. Un mexicano, un africano, un catalán, un coreano, un romano, todos forman un mismo cuerpo, y se sienten un solo ser en torno a su equipo: la camiseta y sus colores los unen como “la vid une los sarmientos”.
Me da envidia ver aquella fiesta: una verdadera liturgia (si tomamos en cuenta que el singificado etimológico de liturgia es “participación activa del pueblo en un acto público”). Las familias completas, desde el abuelo hasta el lactante, están reunidas esperando entrar al “santuario”. La devoción se puede tocar. ¡Cuánto han cambiados los tiempos! En el fondo me hice esta pregunta: ¿Tendrán mis hermanos cristianos la misma euforia por ir a la liturgia dominical como la tienen estos aficionados respecto a sus equipos? ¡Qué envida! ¡Pues siendo realista, la respuesta es un rotundo NO! ¡Cuánto debemos aprender de las nuevas liturgias!
Confieso que me sentí muy tentado en querer entrar para formar parte de esa gran asamblea. Sólo que había un pequeñísimo inconveniente: ¡600 a 1200 euros! ¡Nada más! Mi corrosiva envidia me invadió aún más. Doy la vuelta y sigo pensando en mis adentros: ¿Por qué los que somos miembros del equipo de Jesús no logramos entusiasmar como lo hacen Messi, Eto´o, Cristiano Ronaldo entre otros?
Muy interesante tu escrito, es cierto siempre las cosas de Dios es mas dificil mantenerlas en euforia, al igual que las cosas materiales casi, siempre lo material predomina a los seres humanos
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