Pbro. Ramón O. Lara
Cuando llega mayo la vida reverdece; la naturaleza, madre tierra, se viste de esplendor. El quinto mes es también el mes de María; el corazón cristiano se vuelca en loas hacia la joven madre nazarena. Todo en mayo conduce a un punto concéntrico: la madre. No importa la madre de quien, no importa de dónde, no importa cuál sea la latitud o la posición social que ocupe. La madre es madre, y un título tal lo dice todo, y resume cualquier otro honor posible en la tierra. Mayo, pues, hace pensar en la mujer en su máxima expresión, o sea, como mamá.
Pero es curioso, y vergonzoso a la vez, saber que en aras de la defensa de la dignidad de la mujer se denigre el honor que le es superlativamente digno: ser mamá. En muchas sociedades, particularmente aquellas de condiciones económicamente ricas, no celebran este día. Para muchos grupos radicales y contestatarios, que dicen defender la dignidad de la mujer, ésta celebración es una ofensa a la mujer moderna, que lucha por “conquistar su rol digno dentro de la sociedad”. Para las sociedades “desarrolladas” el hecho de ser madre es una carga, una subyugación machista y casi una ofensa. En pocas palabras ¡ser madre es denigrante! Según esta mentalidad, la mujer tiene dignidad en cuanto más se asemeje al hombre (¡!), ¡si el hombre no pare hijos, la mujer tampoco! ¿Es esto verdadero feminismo?
Por supuesto que me opongo a cualquier vestigio machista que galopee campantemente en nuestra cultura. El respeto a la dignidad de la mujer, en todas sus dimensiones, debe ser defendido, cultivado, difundido y encarnado. No me opongo, por tanto, al trabajo productivo femenino, o que la mujer pueda cultivar al máximo sus capacidades profesionales; pero si ese trabajo relega o bloquea el don de la maternidad, debo decirlo, algo en esa lógica productiva y reivindicativa no está debidamente funcionando. Benditas las mujeres que sacrifican esa posibilidad de realizarse como profesionales en el campo productivo en aras de la maternidad, mujeres que se donan a tiempo completo para el cuido de los hijos. No creo equivocarme en decirles que de por sí ellas están realizando el trabajo más digno y noble en esta tierra. No quiero ser mal entendido en este punto, ya que es una temática que debe tratarse con precisión quirúrgica. Un sano y virtuoso justo equilibrio, admitámoslo, siempre será necesario. Sé que en muchos de los países económicamente ricos están revisando y replanteando las políticas laborales a favor de la maternidad. Cosa que los llamados países subdesarrollados o del tercer mundo tienen como algo culturalmente normal.
Por eso me siento orgulloso de ser latinoamericano y, agreguemos, “subdesarrollado”. No por el machismo que tristemente campea entre nosotros, sino porque el rol de la mujer madre todavía ocupa un lugar muy especial. Por eso quiero decirles a todas las mujeres de mi pueblo, retomando las palabras inspiradas que una mujer llena del Espíritu Santo dirigió a una jovencísima madre: “Bendita tu –ustedes mamás– entre todas las mujeres”. Por supuesto que reconozco el riesgo y el gran compromiso que implica un saludo como este. Ciertamente a la mujer que es madre merece el honor, respeto, premura y reconocimiento los trescientos sesenta y cinco días del año. Por supuesto que me avergüenzo saber que hay tantas mujeres que son tan vilmente denigradas, madres que son cruelmente maltratadas. Me avergüenzo y en nombre de todos los hijos que deberíamos honrarles siempre les pido perdón.
Además, me avergüenza reconocer que esta fecha santa sea tan manipulada por el desvergonzado mercantilismo: una madre no merece sólo un artefacto que se compra en el almacén de la esquina o en la tienda de enfrente. La madre merece de sus hijos como principal regalo: obediencia, respeto, ternura, comprensión, ayuda, compañía, delicadeza; en una palabra, amor. Y ese regalo no se da sólo una vez al año, sino cada día. Es obvio que resultará una grosera ofensa para una madre recibir sólo ese día un “chunche” para amueblar la casa, que no es ni para ella (licuadoras, cocinas, planchas, etc.), si durante el resto del año sólo ha recibido desprecios, ofensas, y una sarta de tropelías denigrantes. Reitero, por tanto, mis disculpas a las mujeres que en su condición de madres son deshonradas. Pero no por ello debemos suprimir el día que es propio para reconocer la dignidad de la mujer en su condición de mamás.
El saludo de santa Isabel a la joven nazarena tenía un motivo: “el fruto de tu vientre”. Se comprende entonces que la condición de “bendita entre todas las mujeres” es debido a ese fruto que madura en el vientre, o más bien, por la condición de mamá. Ciertamente hay que reconocer también que muchas mujeresdenigran , tristemente, la dignidad de la mujer en la condición de madre cuando atropellan su propia maternidad. Sin pretender hacer un juicio genérico, pues no es fácil conocer los motivos por los cuales una madre actúa así, hay que reconocer que muchas mujeres pisotean su maternidad cuando abandonan a sus hijos, cuando los maltratan, cuando los asesinan (aún en el vientre), etc. Por las madres que por su comportamiento pisotean la dignidad de la mujer-madre nos queda sólo elevar una plegaria, compartir las secuelas de sufrimiento que dejan sus comportamientos y en la medida de lo posible ayudarles a redescubrir su dignidad y valor de mujeres y de madres.
Honor, pues, merecen las mamás el diez de mayo y siempre. Reconozcamos, todos, la gran dignidad de la mujer madre y colaboremos para que las próximas generaciones de madres, las niñas, adolescentes y jovencitas del presente, sepan valorar y asumir con entereza ese hermoso don con el cual el creador las ha embellecido: el don de la maternidad. Cuidémoslas para que no sean víctimas de esta nuestra sociedad enferma que victimiza sobre todo a las niñas. El caso de la pequeña Katia Miranda es un símbolo de lo que una sociedad enferma puede llegar a perpetrar contra las niñas. Cuidémoslas para que sus mentes y sus corazones no sean contaminados y atropellados con tanta porquería con los que la propaganda pornográfica y la sociedad vacía de valores les embisten. La madre es un diamante que debemos cuidar. Pero como diamante es necesario tallar y embellecer, algo que se debe hacer desde los primeros años de la existencia de una personita que trae el gran privilegio (y peso) de ser mujer.
A las madres que están lejos, enviemos nuestro sentido afecto y especial agradecimiento. A las que han partido de este mundo y gozan de Dios, nuestra grata memoria e intensa plegaria por su descanso eterno. A las madres que no han engendrado físicamente pero que espiritualmente han cultivado una fertilísima maternidad, damos nuestra suprema admiración y profundo reconocimiento. Que en este día de la madre, día propio de la dignidad más grande de la mujer, el Señor las bendiga a todas. Por eso no dudamos en repetirles el saludo celestial: “benditas sean entre todas las mujeres”. En honor a todas las mamás de mi pueblo, me atrevo a transcribir una de las más bellas piezas de la poesía surgidas en nuestro suelo:
Manos las de mi madre, tan acariciadoras,
tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras.
¡Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman,
las que todo prodigan y nada me reclaman!
¡Las que por aliviarme de dudas y querellas me
sacan las espinas y se las clavan ellas.
Para el ardor ingrato de recónditas penas,
no hay como la frescura de esas dos azucenas.
¡Ellas cuando la vida deja mis flores mustias
son dos milagros blancos apaciguando angustias!
Cuando del destino me acosan las maldades,
son dos alas de paz sobre mis tempestades.
¡Ellas son las celeste; las milagrosas, ellas,
porque hacen que en mi sombra me florezcan estrellas!
Para el dolor, caricias: para el pesar, unción:
¡son las únicas manos que tienen corazón!
(Rosal de rosas blancas de tersuras eternas:
aprended de blancuras en las manos maternas).
Yo que llevo en el alma las dudas escondidas,
cuando tengo las alas de la ilusión caídas,
¡las manos maternales aquí en mi pecho son
como dos alas quietas sobre mi corazón!
¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas!
¡Las manos de mi madre perfuman con ternezas!
Alfredo Espino
Cuanta razón tiene!!!! De verdad muchas gracias por tan excelentes reflexiones, verdaderamente nos hacen crecer y madurar sobre el verdadero amor que una Madre nos dona, y viene a mi mente el canto que dice "El regalo más hermoso que a los hijos da el Señor, es su madre y el milagro de su amor"
ResponderEliminarGracias por compartir con nosotros al menos por este blog y por cierto esperamos seguir disfrutando de tan interezantes y profundas reflexiones